Mi querido mijitico:
Con los ojos aguados leí tu nuevo post en tu nuevo blog (esto de que escribas en dos a la vez me complica enormemente la existencia, pero trato de mantenerme al paso en ambos). Hablas de la emoción de los que no se dejaron emocionar, y con ello me agarraste el corazón, me lo apretaste y me lo pusiste chiquitito.
Sé que lo escrito no iba sólo conmigo, ¿Pero cómo hago si tengo un corazón y un ego tan grandote como el universo? Me lo agarro todo pa’ mí y me creo protagonista de mi propia novela y coprotagonista de las novelas de los demás. Máxime cuando es en mi propio nick de feizbuq donde haces público el material (y quizás parte de la inspiración) para tu nuevo post.
Y es que en mi nick yo celebraba la victoria blaugrana, esa victoria de una institución que, como dices, está a no menos de 3.000 km de distancia. De ese equipo de la ciudad donde nació mi padre, y de la provincia donde nació mi madre. De ese país por el que mis abuelos pelearon en la guerra mientras mis abuelas los esperaban con hijos en las casas. Con unos jugadores que hablan (la mayoría de las veces) un idioma distinto al nuestro. De ese equipo, esa ciudad, ese país, esos jugadores, y ese idioma que, de una forma u otra, arrastra parte de mi corazón hasta él.
Sí, sólo parte de mi corazón mijitico. Y aquí te doy tu primera victoria: Esa parte no es la más grande. Es más, estoy segura que no es ni tan grande como tú mismo crees que es.
Tengo un corazón enorme, yo lo sé y sé que tú lo sabes (aquí ves qué tan grande es mi ego también). Pero por más grande que sea hablemos claro los dos: ¿Tú crees que podría querer más a esa tierra tan lejana, con todo lo que tiene y que, definitivamente, me une a ella, que a esta hermosa y colorida tierra que me vio nacer y crecer? ¿Que podría querer más a esa tierra tan seca que a ésta con sus ríos, playas, selvas, montañas y (mis idolatrados) tepuyes? ¿Que podría querer más a esa tierra dividida en provincias que sólo quieren ser independientes que a ésta en donde no hay fronteras y la gente es más cálida y más alegre entre cada pueblo y ciudad? ¿Que podría sentir más mío un “¡Qué viva España!” que un “Yo nací en esta rivera del Arauca vibrador”?
¡Pues claro que no mi mijitico! Soy catalana de la más pura cepa, pero más que ello, ¡¡¡Soy la más orgullosa primera generación de mi familia nacida en esta hermosa tierra de gracia!!! El catalán corre en mis venas, el venezolano está tatuado en mi piel. Mis ojos sólo ven Ávilas y Orinocos, mis labios sólo hablan caraqueño. Mi piel sólo se estremece con un gloria al bravo pueblo, y mis oídos sólo distinguen al turpial. Para mí no existen árboles sino araguaneyes y no existen flores sino orquídeas. No hay Everest, sólo Pico Bolívar. No hay Sahara, sólo Médanos de Coro. ¿Y dime qué tiene Bora Bora que no tengan nuestros Roques? (está bien, quita los bungalows de lujo de ese infeliz correo que llega SIEMPRE en horas de oficina, pero tú y yo somos aventureros y una carpa la disfrutaríamos igual, además ¿Qué hay más cómodo en este mundo que un chinchorro?).
Tenemos la inocencia indígena, la viveza caraqueña y la jodedera maracucha. Tenemos un puente sobre un lago, que si lo cruzas, ¡Sientes una emoción tan grande que se te nubla la mente!. Tenemos también un río loco, en el cual Venezuela palpita como un órgano vital. Tenemos selva inhóspita, amplias sabanas, sierras frías, cálidos desiertos, paradisíacas islas, celestiales playas (Dios, es que nosotros, NOSOTROS, ¡¡¡Tenemos a Playa Medina!!!). Tenemos amaneceres llaneros y relámpagos del Catatumbo. Tenemos la caída de agua más alta del mundo, el lago más grande de Suramérica, el teleférico más alto y largo del mundo, las rocas más antiguas del planeta, y las personas más alegres del universo entero. Es más, tenemos tanto que hasta tenemos el peor y más resentido de los presidentes.
Y todo esto te lo dice una pobre caraqueña que, sentada en su oficina, no hace más que soñar en conocer algún día toda esa grandeza de la que habla (tan orgullosa como si la hubiera visto con sus grandes ojos) con un nudo en la garganta, y que sólo quiere que al naufragar entierren su cuerpo cerca del mar... En Venezuela.
Pero bueno, me desvío del tema. Mea culpa, lo admito. Celebré a Pedro, Messi y hasta al pobre infeliz del Valladolid que nos dio el primer gol. Pero no estaba ahí contigo para celebrar a Romero. Para chocar mis palmas con las tuyas y celebrar con un abrazo gritando ¡¡¡LA PAVOSA NO SOY YO!!!. No estaba en el medio de la mitad del centro mismo del campo, última fila de gradas, bajo nuestra flamante bandera. No estaba con mi gorrita bebiendo cerveza. No estaba en nuestros puestos VIP tan cálida y cariñosamente reservados con dos horas de antelación.
Estaba en mi casa. Con mi familia. Con mi primo, a quien no veía desde hace 3 años y que tenía 11 años sin venir a Venezuela y sin ver a la mayoría de nosotros. Con mi primita de 4 años, que es primera vez que toca esta tierra. Con la esposa de mi primo, que no conocía nuestra casa ni a mi bella familia. Estaba rodeada de primos, viendo la radiante sonrisa de mi abuela de 93 años por tener ahí, por fin, a tres de sus cuatro nietos y a una de sus cuatro bisnietos. Estaba rodeada de madera fina, como dirías tú.
¿Pero quieres que te cuente cómo lo viví?
El estadio me queda a cinco cuadras de mi casa (sí, sabes que soy una exagerada y que siempre hablo en cuadras llaneras, pero tú me entiendes). Estábamos llevando la comida a la mesa y ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!: Los fuegos artificiales. Empezaba el juego. Dani y yo cruzamos miradas, hicimos puchero y (sin que nadie entendiera lo que hacíamos) empezamos a entonar “ROOO DALE DALE ROOO DALE ROOO DALE ROOO DALE DALE ROOO”. Cuéntame mijitico, ¿Cuándo pensaste tú que yo podría cantar esa canción? Ahí tienes tu segunda victoria.
Minutos después se escucharon los fuegos artificiales de nuevo. Seguíamos sentados en la mesa. “¡¡¡GOOOOL!!!” Grité con una sonrisa en el rostro. Segunda vez en la tarde que me picaba todo por dentro porque estaba en una silla y no en las gradas. Porque estaba en mi balcón y no en el estadio. Porque estaba tomando refresco y no cerveza. Porque estaba comiendo parrilla y no tequeñón. Porque no podía agarrar a todo el mundo, prepararme una lonchera, y largarme al estadio.
Y quizás tú no entiendas por qué no me podía largar hasta allá contigo. Por qué no fui una caradura como dice la canción. Para ti el fútbol lo es todo, lo primero, lo del medio, lo último. La prioridad. Para mí, en cambio, no hay NADA más importante que la familia. Y no vayas a creer que te creo un insensible desligado que en verdad vendería a su madre por ver al rojo salir campeón (aunque me preocupa saber que en esa mentecita perversa tuya la idea debió pasar fugaz por una milésima de segundo cuando llegó el empate a tres minutos del final). Ambos queremos a nuestras familias, pero de manera diferente. Ambos sentimos el fútbol, pero de manera diferente. Y eso, precisamente, es lo bonito de nuestra amistad: Que somos diferentes. Porque, seamos sinceros… ¡Qué aburrido sería si fuéramos iguales! ¡No podríamos pelear tanto!
Pero sí coincidimos en algo. Sí somos iguales en algo: Los dos queremos al Rojo (¡Al equipo mijitico! ¡Al equipo! ¡FOCUS!). Tú más que yo, eso jamás podrá ponerse en tela de juicio. Tú llevas toda tu vida siguiéndolo, tan fiel como el mejor de los esposos. Yo sólo llevo dos meses y alguito. Y lo quiero porque TÚ me enseñaste a quererlo. Ahí tienes tu tercera victoria.
Y así, escrito en letras chiquitas, para no tumbarte la fama… Hay otra cosa (seguro que entre muchas otras) en la que ambos también coincidimos: Los dos sabemos que el Barça es el mejor equipo del mundo. Así sea por un mísero tweet en el que el subconsciente nos engañó, pero lo sabemos ;)
Tras un largo rato, volvieron a estallar los fuegos artificiales. Pelé los ojos, puse cara de asombro, alcé los brazos y grité “¡¡¡GANÓ CARACAS!!!”. Y volvimos Dani y yo “ROOO DALE DALE ROOO DALE ROOO DALE ROOO DALE DALE ROOO”. Aquí entre nos: Se me aguaron los ojos de pensar en la rumba que debía haber en el estadio y se me puso chirriquitiquitico el corazón por no estar ahí. Cuarta victoria mijitico.
Pero el golpe final me lo diste en tu blog. Cuando imaginé tu bufanda extendida sobre los asientos que mis primos, mi novio y yo hemos ocupado junto a ti (Bueno… No teóricamente, porque siempre estás de pie, sólo te vi sentado en el juego contra la Universidad de Chile, después del tercer gol y en vista a la inminente derrota). Te pusiste un traje de Ninja, sacaste una daga y me cortaste la yugular. Fuiste Raiden y yo Tanya, y me hiciste un fatality. Dejaste a Rocky Balboa y a Rambo como unos nenés de tetero.
Dices que nadie es quién para decirle a alguien cómo y cuándo apoyar a un equipo o lo que sea, pero cuéntame mijitico, ¿Cuántas discusiones al respecto hemos tenido nosotros? Al fin y al cabo, tú y yo sabemos que si hoy me sé las canciones del Caracas y arrastro a mi gente al estadio cada vez que puedo es porque un día nos peleamos como “fanáticos virtuales” y me regalaste una entrada a un partido que aún no tenía tan siquiera fecha.
Y admito algo: Mea culpa de nuevo por ponerme la camisa del Barça y no la gorra del Rojo el domingo (ya ni sé por qué victoria vas, pero con esa afirmación ya tienes otra). Mea culpa por haber asistido a juegos “más intrascendentes” pero no haber estado allá para pelear y sudar el título contigo y con el equipo. Pero no me metas en ese saco mijitico, no me incluyas en ese tajante “eso no es con ellos”, porque, aunque tú no lo creas ¡ESO SÍ ES CONMIGO!.
No seas un intolerante tolerante cuando ves en mi feizbuq que le canto al Barça y no al Caracas. Y no seas más intolerablemente tolerante cuando felicito a tres grandes equipos en un nick. Sólo te pido que seas mi gran amigo y que entiendas que mientras aún ando en pañales con el rojo (¡El equipo mijitico! ¡EL EQUIPO!) ya soy una adulta con el Barça, porque he crecido con él. Déjame madurar mi amor, mi pasión, y disfruta conmigo viéndola crecer. Se ese papá que encauza a sus hijos en el camino a lo bueno. Hasta ahora lo has hecho bien, ¡Muy bien!.
Yo por mi parte seguiré yendo al estadio. Pero mantengo mi posición, y sólo espero que entiendas que los domingos se me cruzan los cables y hago corto circuito si tengo que decidir entre mi familia en mi casa y mi pana en el estadio. No me pongas en una situación difícil ni me metas en tu saco de intolerancia. Sólo ese día de la semana, los demás, tienes todo el derecho a destruirme (¡Pero exclúyeme de tu Apocalipsis si me cae un cumpleaños, aniversario o similar en día de partido!).
En ti queda la decisión de guardarme un asiento o no. En mí queda asegurarte que si voy, y el asiento no está guardado, empujaré al pana que esté a tu lado y lo veré de pie. Total, ya sé donde te “sientas”, y de eso, ¡No te puedes escapar!.
Levanté los guantes y me diste knock-out. Pero sigo dispuesta a darte la pelea. Nos vemos en el Caracas-Táchira, última fila de gradas, en el medio de la mitad del centro mismo del campo. Bajo la bandera de Venezuela.
Con los ojos aguados leí tu nuevo post en tu nuevo blog (esto de que escribas en dos a la vez me complica enormemente la existencia, pero trato de mantenerme al paso en ambos). Hablas de la emoción de los que no se dejaron emocionar, y con ello me agarraste el corazón, me lo apretaste y me lo pusiste chiquitito.
Sé que lo escrito no iba sólo conmigo, ¿Pero cómo hago si tengo un corazón y un ego tan grandote como el universo? Me lo agarro todo pa’ mí y me creo protagonista de mi propia novela y coprotagonista de las novelas de los demás. Máxime cuando es en mi propio nick de feizbuq donde haces público el material (y quizás parte de la inspiración) para tu nuevo post.
Y es que en mi nick yo celebraba la victoria blaugrana, esa victoria de una institución que, como dices, está a no menos de 3.000 km de distancia. De ese equipo de la ciudad donde nació mi padre, y de la provincia donde nació mi madre. De ese país por el que mis abuelos pelearon en la guerra mientras mis abuelas los esperaban con hijos en las casas. Con unos jugadores que hablan (la mayoría de las veces) un idioma distinto al nuestro. De ese equipo, esa ciudad, ese país, esos jugadores, y ese idioma que, de una forma u otra, arrastra parte de mi corazón hasta él.
Sí, sólo parte de mi corazón mijitico. Y aquí te doy tu primera victoria: Esa parte no es la más grande. Es más, estoy segura que no es ni tan grande como tú mismo crees que es.
Tengo un corazón enorme, yo lo sé y sé que tú lo sabes (aquí ves qué tan grande es mi ego también). Pero por más grande que sea hablemos claro los dos: ¿Tú crees que podría querer más a esa tierra tan lejana, con todo lo que tiene y que, definitivamente, me une a ella, que a esta hermosa y colorida tierra que me vio nacer y crecer? ¿Que podría querer más a esa tierra tan seca que a ésta con sus ríos, playas, selvas, montañas y (mis idolatrados) tepuyes? ¿Que podría querer más a esa tierra dividida en provincias que sólo quieren ser independientes que a ésta en donde no hay fronteras y la gente es más cálida y más alegre entre cada pueblo y ciudad? ¿Que podría sentir más mío un “¡Qué viva España!” que un “Yo nací en esta rivera del Arauca vibrador”?
¡Pues claro que no mi mijitico! Soy catalana de la más pura cepa, pero más que ello, ¡¡¡Soy la más orgullosa primera generación de mi familia nacida en esta hermosa tierra de gracia!!! El catalán corre en mis venas, el venezolano está tatuado en mi piel. Mis ojos sólo ven Ávilas y Orinocos, mis labios sólo hablan caraqueño. Mi piel sólo se estremece con un gloria al bravo pueblo, y mis oídos sólo distinguen al turpial. Para mí no existen árboles sino araguaneyes y no existen flores sino orquídeas. No hay Everest, sólo Pico Bolívar. No hay Sahara, sólo Médanos de Coro. ¿Y dime qué tiene Bora Bora que no tengan nuestros Roques? (está bien, quita los bungalows de lujo de ese infeliz correo que llega SIEMPRE en horas de oficina, pero tú y yo somos aventureros y una carpa la disfrutaríamos igual, además ¿Qué hay más cómodo en este mundo que un chinchorro?).
Tenemos la inocencia indígena, la viveza caraqueña y la jodedera maracucha. Tenemos un puente sobre un lago, que si lo cruzas, ¡Sientes una emoción tan grande que se te nubla la mente!. Tenemos también un río loco, en el cual Venezuela palpita como un órgano vital. Tenemos selva inhóspita, amplias sabanas, sierras frías, cálidos desiertos, paradisíacas islas, celestiales playas (Dios, es que nosotros, NOSOTROS, ¡¡¡Tenemos a Playa Medina!!!). Tenemos amaneceres llaneros y relámpagos del Catatumbo. Tenemos la caída de agua más alta del mundo, el lago más grande de Suramérica, el teleférico más alto y largo del mundo, las rocas más antiguas del planeta, y las personas más alegres del universo entero. Es más, tenemos tanto que hasta tenemos el peor y más resentido de los presidentes.
Y todo esto te lo dice una pobre caraqueña que, sentada en su oficina, no hace más que soñar en conocer algún día toda esa grandeza de la que habla (tan orgullosa como si la hubiera visto con sus grandes ojos) con un nudo en la garganta, y que sólo quiere que al naufragar entierren su cuerpo cerca del mar... En Venezuela.
Pero bueno, me desvío del tema. Mea culpa, lo admito. Celebré a Pedro, Messi y hasta al pobre infeliz del Valladolid que nos dio el primer gol. Pero no estaba ahí contigo para celebrar a Romero. Para chocar mis palmas con las tuyas y celebrar con un abrazo gritando ¡¡¡LA PAVOSA NO SOY YO!!!. No estaba en el medio de la mitad del centro mismo del campo, última fila de gradas, bajo nuestra flamante bandera. No estaba con mi gorrita bebiendo cerveza. No estaba en nuestros puestos VIP tan cálida y cariñosamente reservados con dos horas de antelación.
Estaba en mi casa. Con mi familia. Con mi primo, a quien no veía desde hace 3 años y que tenía 11 años sin venir a Venezuela y sin ver a la mayoría de nosotros. Con mi primita de 4 años, que es primera vez que toca esta tierra. Con la esposa de mi primo, que no conocía nuestra casa ni a mi bella familia. Estaba rodeada de primos, viendo la radiante sonrisa de mi abuela de 93 años por tener ahí, por fin, a tres de sus cuatro nietos y a una de sus cuatro bisnietos. Estaba rodeada de madera fina, como dirías tú.
¿Pero quieres que te cuente cómo lo viví?
El estadio me queda a cinco cuadras de mi casa (sí, sabes que soy una exagerada y que siempre hablo en cuadras llaneras, pero tú me entiendes). Estábamos llevando la comida a la mesa y ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!: Los fuegos artificiales. Empezaba el juego. Dani y yo cruzamos miradas, hicimos puchero y (sin que nadie entendiera lo que hacíamos) empezamos a entonar “ROOO DALE DALE ROOO DALE ROOO DALE ROOO DALE DALE ROOO”. Cuéntame mijitico, ¿Cuándo pensaste tú que yo podría cantar esa canción? Ahí tienes tu segunda victoria.
Minutos después se escucharon los fuegos artificiales de nuevo. Seguíamos sentados en la mesa. “¡¡¡GOOOOL!!!” Grité con una sonrisa en el rostro. Segunda vez en la tarde que me picaba todo por dentro porque estaba en una silla y no en las gradas. Porque estaba en mi balcón y no en el estadio. Porque estaba tomando refresco y no cerveza. Porque estaba comiendo parrilla y no tequeñón. Porque no podía agarrar a todo el mundo, prepararme una lonchera, y largarme al estadio.
Y quizás tú no entiendas por qué no me podía largar hasta allá contigo. Por qué no fui una caradura como dice la canción. Para ti el fútbol lo es todo, lo primero, lo del medio, lo último. La prioridad. Para mí, en cambio, no hay NADA más importante que la familia. Y no vayas a creer que te creo un insensible desligado que en verdad vendería a su madre por ver al rojo salir campeón (aunque me preocupa saber que en esa mentecita perversa tuya la idea debió pasar fugaz por una milésima de segundo cuando llegó el empate a tres minutos del final). Ambos queremos a nuestras familias, pero de manera diferente. Ambos sentimos el fútbol, pero de manera diferente. Y eso, precisamente, es lo bonito de nuestra amistad: Que somos diferentes. Porque, seamos sinceros… ¡Qué aburrido sería si fuéramos iguales! ¡No podríamos pelear tanto!
Pero sí coincidimos en algo. Sí somos iguales en algo: Los dos queremos al Rojo (¡Al equipo mijitico! ¡Al equipo! ¡FOCUS!). Tú más que yo, eso jamás podrá ponerse en tela de juicio. Tú llevas toda tu vida siguiéndolo, tan fiel como el mejor de los esposos. Yo sólo llevo dos meses y alguito. Y lo quiero porque TÚ me enseñaste a quererlo. Ahí tienes tu tercera victoria.
Y así, escrito en letras chiquitas, para no tumbarte la fama… Hay otra cosa (seguro que entre muchas otras) en la que ambos también coincidimos: Los dos sabemos que el Barça es el mejor equipo del mundo. Así sea por un mísero tweet en el que el subconsciente nos engañó, pero lo sabemos ;)
Tras un largo rato, volvieron a estallar los fuegos artificiales. Pelé los ojos, puse cara de asombro, alcé los brazos y grité “¡¡¡GANÓ CARACAS!!!”. Y volvimos Dani y yo “ROOO DALE DALE ROOO DALE ROOO DALE ROOO DALE DALE ROOO”. Aquí entre nos: Se me aguaron los ojos de pensar en la rumba que debía haber en el estadio y se me puso chirriquitiquitico el corazón por no estar ahí. Cuarta victoria mijitico.
Pero el golpe final me lo diste en tu blog. Cuando imaginé tu bufanda extendida sobre los asientos que mis primos, mi novio y yo hemos ocupado junto a ti (Bueno… No teóricamente, porque siempre estás de pie, sólo te vi sentado en el juego contra la Universidad de Chile, después del tercer gol y en vista a la inminente derrota). Te pusiste un traje de Ninja, sacaste una daga y me cortaste la yugular. Fuiste Raiden y yo Tanya, y me hiciste un fatality. Dejaste a Rocky Balboa y a Rambo como unos nenés de tetero.
Dices que nadie es quién para decirle a alguien cómo y cuándo apoyar a un equipo o lo que sea, pero cuéntame mijitico, ¿Cuántas discusiones al respecto hemos tenido nosotros? Al fin y al cabo, tú y yo sabemos que si hoy me sé las canciones del Caracas y arrastro a mi gente al estadio cada vez que puedo es porque un día nos peleamos como “fanáticos virtuales” y me regalaste una entrada a un partido que aún no tenía tan siquiera fecha.
Y admito algo: Mea culpa de nuevo por ponerme la camisa del Barça y no la gorra del Rojo el domingo (ya ni sé por qué victoria vas, pero con esa afirmación ya tienes otra). Mea culpa por haber asistido a juegos “más intrascendentes” pero no haber estado allá para pelear y sudar el título contigo y con el equipo. Pero no me metas en ese saco mijitico, no me incluyas en ese tajante “eso no es con ellos”, porque, aunque tú no lo creas ¡ESO SÍ ES CONMIGO!.
No seas un intolerante tolerante cuando ves en mi feizbuq que le canto al Barça y no al Caracas. Y no seas más intolerablemente tolerante cuando felicito a tres grandes equipos en un nick. Sólo te pido que seas mi gran amigo y que entiendas que mientras aún ando en pañales con el rojo (¡El equipo mijitico! ¡EL EQUIPO!) ya soy una adulta con el Barça, porque he crecido con él. Déjame madurar mi amor, mi pasión, y disfruta conmigo viéndola crecer. Se ese papá que encauza a sus hijos en el camino a lo bueno. Hasta ahora lo has hecho bien, ¡Muy bien!.
Yo por mi parte seguiré yendo al estadio. Pero mantengo mi posición, y sólo espero que entiendas que los domingos se me cruzan los cables y hago corto circuito si tengo que decidir entre mi familia en mi casa y mi pana en el estadio. No me pongas en una situación difícil ni me metas en tu saco de intolerancia. Sólo ese día de la semana, los demás, tienes todo el derecho a destruirme (¡Pero exclúyeme de tu Apocalipsis si me cae un cumpleaños, aniversario o similar en día de partido!).
En ti queda la decisión de guardarme un asiento o no. En mí queda asegurarte que si voy, y el asiento no está guardado, empujaré al pana que esté a tu lado y lo veré de pie. Total, ya sé donde te “sientas”, y de eso, ¡No te puedes escapar!.
Levanté los guantes y me diste knock-out. Pero sigo dispuesta a darte la pelea. Nos vemos en el Caracas-Táchira, última fila de gradas, en el medio de la mitad del centro mismo del campo. Bajo la bandera de Venezuela.

P.S.: La victoria más grande mijitico, la tienes en la segunda línea del título de este post. ¡TQM!.
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