Este fin de semana, cenandito en casa de mis cuñados, en medio de una de esas conversaciones en las que una cosa lleva a la otra, el Gordo y yo terminamos rememorando y echando (nuevamente) un cuento que nos dimos cuenta yo aún no he narrado por acá: El compromiso, la formal pedida de mano o, como me gusta recordarlo “Yo nunca en mi vida había llorado tanto” (y eso, como ustedes saben, ¡Es QUE JODE decir!).
La cuestión sucedió en el momento menos esperado para mí: En plena redacción de mi tesis del postgrado. He llegado a la conclusión que el Gordo, más que joderme la concentración para la redacción del último capítulo y medio de mi tesis, fue increíblemente inteligente. Yo estaba totalmente enfocada en algo para nada amoroso, así que una “cenita” en Galipán un viernes en la noche no encendía alarmas en ese momento.
He de confesar que el tema llevaba tiempito en el tapete. Un lunes (04 de Mayo, la fecha no se me olvida) sucedió lo siguiente:
- Te llegó un sobre a la oficina gorda, vamos a hacer algo y así te lo entrego
- Ay Gordo, pero hoy no me provoca hacer nada
- No importa, yo te lo llevo a la casa
- Pero es que me siento mal y no quiero levantarme de la cama
- ¡¡¡NO SEAS LADILLA!!! ¡Voy para allá y punto!
¿El contenido del sobre? Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe reservada y pagada para el 20 de Noviembre de 2010. ¡PLOP!. La idea era tener al menos la iglesia asegurada y, un año antes, si las cuentas daban, proceder a dar el gran salto.
Pero la tesis me tenía totalmente absorta en un mundo académico donde el Derecho de Autor e Internet fueron mi único tema de conversación durante, al menos, dos meses. Además, a finales de Noviembre nos íbamos juntos a Boston, y este pequeño querubín juraba que, si le ponían anillito en la mano, sería allá, pues el Gordo siempre había hablado de pedirme matrimonio en un lugar diferente.
Por supuesto, el Gordo sabía que yo pensaba así. Así que, conociéndome como me conoce, y aprovechando el tema de la tesis sobre el tapete, se inventó el plan, que se puso en marcha un jueves 28 de Octubre con una llamada telefónica del gran cómplice de este evento: Nuestro primo querido, Gerardo:
- ¿Qué pasó prima? Te llamo para que sueltes esa tesis y nos vayamos mañana en la noche a comer un fonduecito en Galipán
- ¡¡¡AAAAAYYYY SIIIIIII!!! ¿Pero hablaste con tu primo? Ve que yo tengo AÑOS diciéndole que quiero ir para allá pero a la ladilla esa siempre le da fastidio
- ¡No vale! ¡Eso te lo dejo a ti! Yo te enveneno con la idea y tú lo convences
- Cooooo… ¡Déjame ver si lo logro pues!
Inocente conejita.
Acto seguido, llamé al Gordo:
- Mi vidaaaa… Sabes que me llamó Gerardooo…
- ¡Coño! ¿¡¿Y ahora con que salió el c!$%& de m@”%& ese?!?
- Ayyy mi vidaaaa… Vamos a cenar fondue mañana con ellos a Galipán ¡¡¡AAAANDAAA!!!
- Coño… Este carajo si inventa g%$#&adas!!! ¡Esa vaina es carísima! Aparte, ¿Tú no estás con la tesis?
- Sí mi amor, pero es sólo un ratito en la noche, aaaandaaa ¿Qué te cuesta?
- Coño, que ladilla, ¡Esta bien pues!
Y yo… Redonda. Hasta me hicieron creer que el plan lo había armado yo.
Al día siguiente el Gordo me pasó buscando por la oficina. Una vez en el carro, y ya en camino al Hotel Ávila para agarrar el Jeep que nos llevaría hasta Le Galipanier repica su celular, y se oye: “Chamo, tengo un rollo en el apartamento, voy bajando a Caiza, vayan dándole ustedes que nosotros los alcanzamos”. De ahí en adelante todo fue “Gordo, mejor nos bajamos del Jeep, ¿Y si Gerardo no llega?” “Gordo, ¿Estás seguro que una botella de vino completa? ¿Y si Gerardo no llega?” “Gordo, no pidas fondue de chocolate, ya quedamos con Gerardo que al bajar nos íbamos a comer un helado con ellos”.
Si yo hubiera sido el Gordo, me hubiera mandado a mí para el mismísimo cipote. Tan bien planeada tenían la cuestión y tan Susanita soy yo que la alarma no sonó ni cuando al llegar al restaurant, completamente vacío, y tras el Gordo anunciar "Reservación a nombre de Gerardo Pisano o Eduardo Meinhardt, no sé a nombre de quién la hizo mi primo" nos dijeron "Sr., su mesa para 4 aún no está lista, si quiere puede esperar en una de la terraza". Esta mesa tenía velas y flores, a diferencia de las otras 30 mesas VACÍAS del restaurant, y yo... ¡Ay pero que suerte!.
Al terminar de cenar yo seguía con mi cara de Susanita… Toda enamorada y feliz, cuando de repente el gordo me pregunta:
- ¿Mi vida, eres feliz?
- ¡Sí mi amor! ¡Mucho! ¿Y tú?
Fue entonces cuando el mundo se detuvo y yo pude ver cómo, en cámara lenta, el Gordo echaba su silla hacia atrás y se arrodillaba mientras metía su mano en el bolsillo, sacaba una cajita, y me decía:
- Totalmente, pero sería aún más feliz si aceptaras casarte conmigo.
Lágrimas. Lágrimas. Más lagrimas. Mano en la boca. Lágrimas. Y mientras, el Gordo ahí, arrodillado cual flamante caballero sujetando una cajita con el anillo adentro. Más lágrimas. Sollozos. Ni una palabra.
Cuando sus rodillas no pudieron más y la desesperación empezó a asomar, optó por tomar el anillo y colocarlo en mi mano. La respuesta a esta acción nunca la esperó:
- ¡Pero yo todavía no te he dicho que sí! (Entre lágrimas y sollozos)
- Risa nerviosa, y el Gordo procede a INTENTAR sacar el anillo de mi dedo anular.
- ¡Claro que sí bobo! (Golpecito y risas de por medio)
Esta fue la sorpresa más hermosa de mi vida. Desde ese día, no han dejado de brillar ni mi dedo anular, ni mi sonrisa.
La cuestión sucedió en el momento menos esperado para mí: En plena redacción de mi tesis del postgrado. He llegado a la conclusión que el Gordo, más que joderme la concentración para la redacción del último capítulo y medio de mi tesis, fue increíblemente inteligente. Yo estaba totalmente enfocada en algo para nada amoroso, así que una “cenita” en Galipán un viernes en la noche no encendía alarmas en ese momento.
He de confesar que el tema llevaba tiempito en el tapete. Un lunes (04 de Mayo, la fecha no se me olvida) sucedió lo siguiente:
- Te llegó un sobre a la oficina gorda, vamos a hacer algo y así te lo entrego
- Ay Gordo, pero hoy no me provoca hacer nada
- No importa, yo te lo llevo a la casa
- Pero es que me siento mal y no quiero levantarme de la cama
- ¡¡¡NO SEAS LADILLA!!! ¡Voy para allá y punto!
¿El contenido del sobre? Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe reservada y pagada para el 20 de Noviembre de 2010. ¡PLOP!. La idea era tener al menos la iglesia asegurada y, un año antes, si las cuentas daban, proceder a dar el gran salto.
Pero la tesis me tenía totalmente absorta en un mundo académico donde el Derecho de Autor e Internet fueron mi único tema de conversación durante, al menos, dos meses. Además, a finales de Noviembre nos íbamos juntos a Boston, y este pequeño querubín juraba que, si le ponían anillito en la mano, sería allá, pues el Gordo siempre había hablado de pedirme matrimonio en un lugar diferente.
Por supuesto, el Gordo sabía que yo pensaba así. Así que, conociéndome como me conoce, y aprovechando el tema de la tesis sobre el tapete, se inventó el plan, que se puso en marcha un jueves 28 de Octubre con una llamada telefónica del gran cómplice de este evento: Nuestro primo querido, Gerardo:
- ¿Qué pasó prima? Te llamo para que sueltes esa tesis y nos vayamos mañana en la noche a comer un fonduecito en Galipán
- ¡¡¡AAAAAYYYY SIIIIIII!!! ¿Pero hablaste con tu primo? Ve que yo tengo AÑOS diciéndole que quiero ir para allá pero a la ladilla esa siempre le da fastidio
- ¡No vale! ¡Eso te lo dejo a ti! Yo te enveneno con la idea y tú lo convences
- Cooooo… ¡Déjame ver si lo logro pues!
Inocente conejita.
Acto seguido, llamé al Gordo:
- Mi vidaaaa… Sabes que me llamó Gerardooo…
- ¡Coño! ¿¡¿Y ahora con que salió el c!$%& de m@”%& ese?!?
- Ayyy mi vidaaaa… Vamos a cenar fondue mañana con ellos a Galipán ¡¡¡AAAANDAAA!!!
- Coño… Este carajo si inventa g%$#&adas!!! ¡Esa vaina es carísima! Aparte, ¿Tú no estás con la tesis?
- Sí mi amor, pero es sólo un ratito en la noche, aaaandaaa ¿Qué te cuesta?
- Coño, que ladilla, ¡Esta bien pues!
Y yo… Redonda. Hasta me hicieron creer que el plan lo había armado yo.
Al día siguiente el Gordo me pasó buscando por la oficina. Una vez en el carro, y ya en camino al Hotel Ávila para agarrar el Jeep que nos llevaría hasta Le Galipanier repica su celular, y se oye: “Chamo, tengo un rollo en el apartamento, voy bajando a Caiza, vayan dándole ustedes que nosotros los alcanzamos”. De ahí en adelante todo fue “Gordo, mejor nos bajamos del Jeep, ¿Y si Gerardo no llega?” “Gordo, ¿Estás seguro que una botella de vino completa? ¿Y si Gerardo no llega?” “Gordo, no pidas fondue de chocolate, ya quedamos con Gerardo que al bajar nos íbamos a comer un helado con ellos”.
Si yo hubiera sido el Gordo, me hubiera mandado a mí para el mismísimo cipote. Tan bien planeada tenían la cuestión y tan Susanita soy yo que la alarma no sonó ni cuando al llegar al restaurant, completamente vacío, y tras el Gordo anunciar "Reservación a nombre de Gerardo Pisano o Eduardo Meinhardt, no sé a nombre de quién la hizo mi primo" nos dijeron "Sr., su mesa para 4 aún no está lista, si quiere puede esperar en una de la terraza". Esta mesa tenía velas y flores, a diferencia de las otras 30 mesas VACÍAS del restaurant, y yo... ¡Ay pero que suerte!.
Al terminar de cenar yo seguía con mi cara de Susanita… Toda enamorada y feliz, cuando de repente el gordo me pregunta:
- ¿Mi vida, eres feliz?
- ¡Sí mi amor! ¡Mucho! ¿Y tú?
Fue entonces cuando el mundo se detuvo y yo pude ver cómo, en cámara lenta, el Gordo echaba su silla hacia atrás y se arrodillaba mientras metía su mano en el bolsillo, sacaba una cajita, y me decía:
- Totalmente, pero sería aún más feliz si aceptaras casarte conmigo.
Lágrimas. Lágrimas. Más lagrimas. Mano en la boca. Lágrimas. Y mientras, el Gordo ahí, arrodillado cual flamante caballero sujetando una cajita con el anillo adentro. Más lágrimas. Sollozos. Ni una palabra.
Cuando sus rodillas no pudieron más y la desesperación empezó a asomar, optó por tomar el anillo y colocarlo en mi mano. La respuesta a esta acción nunca la esperó:
- ¡Pero yo todavía no te he dicho que sí! (Entre lágrimas y sollozos)
- Risa nerviosa, y el Gordo procede a INTENTAR sacar el anillo de mi dedo anular.
- ¡Claro que sí bobo! (Golpecito y risas de por medio)
Esta fue la sorpresa más hermosa de mi vida. Desde ese día, no han dejado de brillar ni mi dedo anular, ni mi sonrisa.