miércoles, 24 de marzo de 2010

¡EQUIPANDO LA CASA!


Esto de casarse es bonito. A pesar de todos los problemas que implica la planificación de la boda, el pensar que luego de determinada fecha podrás compartir tu vida con la persona que amas, es ilusión e incentivo suficiente como para superar las complicaciones que surgen con cada nueva idea o sugerencia (venga de donde venga).

Ahora bien, de las cosas que más he disfrutado desde el día del compromiso está (aparte del tema de mi vestido, claro) el salir de compras con mi Ne y escoger cosas para nuestra casa, o como cariñosamente le decimos: “El Bunker”. Hemos gozado un mundo comprando cosas necesarias, cosas útiles, cosas decorativas y artefactos meramente inútiles que seguramente ocuparán un espacio en una gaveta, o en los baulitos de la mesita de la sala (si es que finalmente me dejan comprar la que preliminarmente escogí).

Resulta increíblemente divertido salir de compras juntos. Estoy segura que si pudieran vernos por un huequito no pararían de reír con sus ocurrencias, mis propuestas y nuestras pequeñas discusiones, que suelen acabar con un “Eduardo… Sé sincero, ¿En verdad necesitas eso?” dicho en medio de una sonrisa o una carcajada.

Y es que para el tema somos unos personajes. Teníamos 2 años vacilándonos a cuanto expositor se nos atravesara en absolutamente todas las exposiciones de muebles y decoración que han invadido el CCCT y el Poliedro. Jugábamos a escoger cama, sofás, comedor, cuadros, bibliotecas, etc., y, personalmente, nunca imaginé que, cuando el verdadero momento llegara, la ilusión cediera parte de su espacio ante los nervios de pararte frente a una cama y decir para tus adentros: “De ahora en adelante, voy a dormir ahí… ¡Y VOY A TENER QUE COMPARTIRLA!”.

Afortunadamente, vivo llena de sueños e ilusiones (creo que soy lo más parecido a Candy Candy que podrán conocer) así que el susto y la conmoción me duran poco, o casi nada.

Así que poquito a poco hemos ido estirando la platica y amoblando el bunker. Y el sábado dimos el tarjetazo de nuestras vidas… Decidimos que era el momento de ponernos serios, y equipar la cocina.

Llegamos a JVG a eso del mediodía y empezamos a escoger. Con las voces de mi papá y de mi tía (la bella arquitecto que no se cansa de escucharnos y poner en un plano lo que “queremos” y soñamos) retozándonos en la cabeza: “Compren cosas pequeñas, la cocina es chiquita, no se emocionen”.

Nos fuimos abriendo paso entre aires acondicionados, topes de cocina, hornos, neveras, y demás artefactos, tomando sólo los datos de lo que cumpliera con dos características fundamentales: Pequeño y económicamente rentable, mientras nuestro humilde corazoncito albergaba la esperanza de que al momento de agarrar al vendedor y decirle lo que nos gustaba… Nos dijera que lo tenía disponible.

Porque tristemente ahora uno no compra lo que quiere, sino lo que la tienda tiene. Y la Ley podrá decirte lo que quiera acerca de las multas y sanciones a los locales que tengan expuesta mercancía que no tengan disponible, pero la realidad del país y de los comerciantes te dice otra cosa, muy, muy distinta.

Pero afortunadamente el universo se alineó a nuestro favor el sábado, alguna extraña conjunción astrológica debió haberse presentado a esa hora, ese día, para que todo, absolutamente TODO lo que escogimos, estuviera disponible. Sip, ni yo misma me lo creo aún.

Pero, por no dejar, decidimos ir a Maxcenter a revisar precios… No fuera a ser que luego encontráramos la nevera más barata y nos diera un derrame cerebral. Y de hecho, nos ahorramos unos milloncitos (sí, porque soy de esas que se niega rotundamente a hablar en bolívares fuertes) en el horno, y diez mil bolos que no enriquecen ni empobrecen a nadie, en el fregadero.

Y entonces me dio un ataque de pánico. La cocina. Mi pequeña y bella cocina. Era la ÚNICA que quedaba en JVG... y nosotros en Maxcenter. Así que pagamos rápidamente y fuimos a retirar nuestro horno. No sin antes decir:
- “Mi vida… ¿Tú estás seguro que el horno cabe en el carro?”
- “¡De bolas que sí gorda!”
- “Es que yo creo que esa caja debe ser muy grande”
- “¿Y tú crees que el carro no lo es? ¡Tú sí te enrollas!”

Dos horas después estábamos de vuelta en Maxcenter, buscando el horno con la camioneta de mi papá.

No me quedé tranquila hasta que me facturaron mi cocina. Porque esta ciudad es así. Basta con que te antojes de algo para que llegue alguien más antojado que tú y te lo quite. Felizmente, ganamos en rapidez.

Pues ahora sólo nos falta el mueble donde meter y acomodar todo lo que compramos. Incluido el microondas, que mi futuro esposito se comprometió a limpiar a diario, cuando las huellas de sus pequeñas manitos queden hermosamente plasmadas en la puertita que tanto, pero tanto le gustó y lo inspiró a escogerlo por encima de los otros 10 que vimos que, cabe destacar, eran (en términos de limpieza) mucho más prácticos, “pero no tan bonitos”.


viernes, 19 de marzo de 2010

UNA NOCHE CON LOS DEMONIOS ROJOS


Dato curioso: Soy una de esas pocas mujeres a quienes les gusta el fútbol. Puedo sentarme perfectamente frente a un televisor los 90 minutos de juego, y hasta participar en una conversación donde se critiquen o se alaben las técnicas, los pases o el arbitraje. Pero tampoco es que soy una experta, ¡Algo de fémina conservan mis comentarios!.

Aún así, no me considero una fanática empedernida de este deporte. Mi papá, por ejemplo, se ve cuanto partido transmiten en ESPN, Fox Sports, Meridiano, etc. A veces ni sabe quién esta jugando, pero lo ve, sólo porque le gusta verlo. Yo me limito a los partidos del Barça, de España y de Venezuela (bueno, está bien, y de Italia…para que no haya dolientes…), o al menos así era hasta ahora.

Hace unos 5 meses tuve una discusión un poco acalorada con un amigo, que no se diferencia mucho de mi papá en cuanto a su pasión por el fútbol. Para hacer corto el cuento, después de criticarme hasta el cansancio por celebrar las victorias de “equipos extranjeros” en lugar de seguir a los equipos de mi país, cometió el error de ofrecerse a llevarme a un partido del Caracas Fútbol Club en la Copa Libertadores.

Lo que la inocente criatura no sabía es lo que se le venía encima: En mis 25 años en esta ciudad no había pisado nunca el suelo de ninguno de los estadios de la UCV, y no porque me faltaran ganas o no me gustara el deporte, ¡Me faltaba alguien que me arrastrara hasta allá!. Así que desde ese instante se caló el chinche de “¿Cuándo empieza la Copa?” “¿Cuándo vamos al Estadio?” “Llévame a un partido bueno”. Sí, me comporté cual niñita de cinco años que espera ansiosa la llegada de su fiesta de cumpleaños.

Así las cosas, la semana pasada pude tachar uno de los ítems de mi lista de antes de partir: Ir a un juego en el Estadio Olímpico de la UCV. Quedé prendada del ambiente, del entusiasmo de la hinchada caraquista; la devoción con la que cantan durante 90 minutos, sin parar, para animar a su equipo; pude gritar “GOOOL!!!” y chocar las manos con mis amigos, mis primos, y los perfectos desconocidos que tenía delante (un poco pasados de tragos, cabe destacar); me reí hasta el cansancio cuando le robaron las pancartas a los fanáticos del equipo contrario; me ensordeció el estruendo de los fuegos artificiales que surgieron inesperadamente a mi espalda, y tiñeron la noche caraqueña de colores justo sobre mí, mientras bajo ellos hondeaba flamante la bandera de mi hermoso país.

Pero me supieron a nada esos 90 minutos, quedé con ganas de más. El árbitro aún no había dado el pitazo final cuando ya me estaba anotando para ir al partido de esta semana. Así que el miércoles volví al estadio, ahora acompañada con mi Ne, que por indeciso se quedó con las ganas de ir al primer partido.

Y es que se siente maravilloso olvidarse del mundo al menos por 90 minutos, enfocar tu mirada en un balón y sentir que la pasión que llevas dentro puede guiarlo hasta la portería; poner tu alma en una canción y dejar tus cuerdas vocales en un insulto ante un mal arbitraje… Pero lo más maravilloso es descubrir a tu país, su alegría, su calor, su sabor, en cada una de las personas que te rodean, en el vendedor que no vende Pepsi, Seven Up y cerveza, sino “Lapeisi, el sevenó y la celveza”, en el niño que se siente hombre por dos segundos cuando le grita al árbitro la misma palabrota que grita su papá; en el borrachito de enfrente, que canta a su ritmo y no para de mover los brazos, y te llena de cerveza cuando celebra y cuando se molesta; en las sonrisas cómplices de tus amigos y tu familia, que disfrutan tanto como tú esa corta estadía en lo que por 90 minutos parece otro planeta, un planeta donde todo es rojo y negro.

He estado en el Camp Nou y en el Estadio Olímpico de la UCV y, llámenme loca, pero no cambio lo vivido estos días aquí, a lo vivido aquellos días allá. Nos falta mucho para tener el mismo nivel, juego y técnica que mi amado Barcelona, pero a mi Barça le falta mucho para tener una fanaticada tan hermosa, colorida, entusiasta y apasionada como la que acompaña a los rojos del Ávila en el estadio. Porque somos venezolanos, porque somos caraqueños, porque llevamos la alegría en nuestros corazones y con ella inundamos todos los lugares a donde vamos, y porque… Al Caracas lo quiero! Lo llevo en el corazón! Por eso esta temporada va a salir campeón! DALE DALE ROOO!!! DALE DALE ROOO!!!

Gracias mijitico. Tenías razón.

miércoles, 17 de marzo de 2010

HABEMUS VESTIDO!

No debe ser noticia nueva para ustedes el hecho de que me caso, peeeero, la vida se ha ido encargando de enseñarme a los golpes que no puede asumirse nada en este mundo (he de confesar que al respecto he sido una mala, muy mala aprendiz, aún sigo llevando golpes en ese tema). Así que porsia les digo: ME CASO!.

Me caso con un personaje que se me cruzó en el camino hace 12 años, y con quien comparto una bonita relación hace unos 10, más o menos, menos que más, pero por ahí va la cosa. Este personaje es conocido por muchos como “El Gordo”, para otros es “El Ne” y para unos pocos “Pucho”. Para mí, es todo eso y más.

Es mi alegría y mi ilusión, el que me da alas y me deja volar, y con un silbido me regresa al piso cuando llevo mucho tiempo suspendida en el aire, el que llena de dicha y risas mis días e inunda de sueños mis noches, el que colma de entusiasmo mis aspiraciones y recarga mi ya muy elevado optimismo cuando, repentinamente, empieza a decaer, el que me hace delirar con una sonrisa y me transporta a otras dimensiones por el portal de sus verdes ojos, es mi apoyo, mi sustento, mi confianza, mi equilibrio y mi tranquilidad, es el niño de las diversiones y travesuras y el hombre de los planes y el futuro. Es Eduardo, mi gordo, mi ne, mi pucho, mi todo.

¿Será que estoy emanorada? :)

Pues con este bello personaje me comprometí en Octubre del año pasado. Los días, las semanas y los meses nunca habían pasado tan rápido como ahora. Si sienten que la vida les pasa muy lento, que ya quieren que llegue Carnaval, Semana Santa, el puente del 19 de Abril, el 05 de Julio, 24 de Julio, el día del trabajador, verano, navidad, etc., inténtenlo, sean valientes, échense al agua, comprométanse y empiecen a planificar una boda. Les garantizo que JAMÁS se les harán demasiado largos los días y las horas.

Pues en medio de planes, presupuestos, decisiones, discusiones con mi mamá, mi papá, Eduardo, mi hermana, mis suegros, mis amigas, mi gata y el fantasma de mi tatarabuela (sí, porque en esto de la planificación de la boda se involucra hasta la matica del patio) han transcurrido los últimos cuatro meses y medio de mi vida. Y ahora es que falta por hacer y decidir. Afortunadamente mis amigas son tremendas abogadas y podrán sacarme rápido de la cárcel en caso de que asesine a alguien antes del 24 de Septiembre.

El caso es que, no tenía 48 horas de comprometida y ya estaba metida en la página de PRONOVIAS y de Rosa Clará soñando con mi vestido. Como dice Eduar “Tu soñabas con tu vestido de novia desde que eras un espermatozoide”. Pero díganme, ¿Qué clase de soñadora empedernida sería yo si eso no fuera increíblemente cierto?.

El momento de la decisión llegó y tras un intento fallido de reunión con un diseñador, reuniones con dos excelentes diseñadoras y la visita a una tienda, el día de ayer, martes 16 de Marzo, encomendamos la compleja y delicada misión de confeccionar mi vestido y darle forma a mi sueño a la diseñadora María Elena Madrigal.

Salí literalmente flotando de su casa, y me fui a celebrar mi alegría a mi lugar favorito de esta, mi maltratada ciudad: El mirador de Valle Arriba, donde, en lugar de trotar como acostumbro, me compré un helado y me senté a contemplar mi bello Ávila, o lo poco que la infeliz, miserable y nefasta calima permite ver de él estos días.

Y así, en medio de una pareja gay que no dejaba de repetirse lo mucho que se querían, una niñita encargando un cachorro por celular y una reportera de Venevisión que daba cierre a alguna noticia que involucraba al INDEPABIS, me gocé mi helado, que sabía a ilusiones, sueños y alegría; hasta que, por ver a la gente activada, trotando, caminando y corriendo empezó a saber a remordimiento, culpa y kilos de más, y me encaramé mi cartera al hombro y emprendí la retirada, con el vestido aún en la mente y el dulce saborcito que deja en todos la expectativa del mañana.


lunes, 15 de marzo de 2010

YO, LA MARIPOSA EN ARRULLO

Quienes me conocen saben que la escritura es mi pasión. Convierto en letras mis pensamientos, mis emociones, mis sentimientos, y dejo que broten sobre un papel, porque por alguna extraña razón que desconozco, tiendo a comunicarme mucho mejor a través de letras hechas palabras que de las propias palabras que surgen de mi boca.

Por eso decidí crear este blog, para compartir, con quienes quieran seguirme, toda esa maraña de sentimientos y emociones que de vez en cuando me invaden y me inspiran a escribir, para desahogarme un poco cuando lo necesite, pero más que nada, para hacer algo “útil” con esta, mi pasión.

Y quizás se pregunten el por qué escogí “Mariposa en Arrullo” como título de mi blog. Es fácil: Es una frase que amo con locura y siento que, de cierta manera, me define.

Pero sería injusto adjudicarme la autoría de tan hermosa frase. No, esta frase pertenece a Neruda, quien la plasmó en el que, para mí, es el más hermoso poema de amor: su Poema 15, mi poema favorito.

Adoro las mariposas. Eso sí, las chiquitas, las bonitas, las de colores. Nada de esas cosas gigantes y obscuras que tienden a salir de noche y pueden incluso llegar a confundirse con murciégalos (sí, murciégalos, está bien escrito, como candelario, perióquido, morrántico y otras palabritas que seguro irán encontrando por aquí). Puedo pasar horas admirándolas, siguiéndolas cuando se me atraviesan en el camino. Viéndolas aletear y posarse elegantes sobre una flor.

Y es que muchas veces me identifico con ellas. Porque quisiera volar con la libertad que lo hacen. Entregar mi cuerpo al viento y dejarme llevar, libre, hacia donde yo quiera ir. Detenerme cuando quiera sobre una flor, desplegar mis alas y mezclar mis colores con los del sol. Pero, al menos por ahora, no puedo hacerlo. Las razones, poco a poco las irán descubriendo, o mejor dicho, leyendo.

Así que me siento como una mariposa en arrullo. Adormitada, aletargada y entumecida dentro del caos caraqueño. Ansiosa por desplegar mis alas y empezar a vivir mi vida como yo quiero vivirla.

La imagen que acompaña al título de mi blog no es mía. Amo la fotografía, y tengo planteada como una meta a corto/mediano plazo, comprarme una cámara profesional, algo más decente que la pobre Canon digital que me acompaña desde hace casi 4 años a donde quiera que voy, fiel, creando un archivo digital de mis más hermosos recuerdos y vivencias. Cuando tenga mi cámara nueva, eventualmente, pueden jurar que entre lo primero que intentaré fotografiar estará una mariposa.

Pero escogí esa imagen por la mariposa como tal. En la universidad mis amigas la llamaban “la mariposa de la suerte”. Escríbanlo, cuando Carito veía esa mariposa, salíamos bien en los exámenes. La condenada esa sólo aparecía en época de parciales, y no es que durante esas fechas apareciera mucho…En la Gran Sabana pude verla más de lo que he podido hacerlo en el valle caraqueño. Ahí fue cuando aprendí que se les llama Morpho azul, mi guía se encargó de apuntarme una cada vez que las veía luego de haberse enterado de lo mucho que me gustan.

Así que aquí estoy, en arrullo, aunque poco a poco, voy desplegando mis alas. ¿Me acompañas?.