Dato curioso: Soy una de esas pocas mujeres a quienes les gusta el fútbol. Puedo sentarme perfectamente frente a un televisor los 90 minutos de juego, y hasta participar en una conversación donde se critiquen o se alaben las técnicas, los pases o el arbitraje. Pero tampoco es que soy una experta, ¡Algo de fémina conservan mis comentarios!.
Aún así, no me considero una fanática empedernida de este deporte. Mi papá, por ejemplo, se ve cuanto partido transmiten en ESPN, Fox Sports, Meridiano, etc. A veces ni sabe quién esta jugando, pero lo ve, sólo porque le gusta verlo. Yo me limito a los partidos del Barça, de España y de Venezuela (bueno, está bien, y de Italia…para que no haya dolientes…), o al menos así era hasta ahora.
Hace unos 5 meses tuve una discusión un poco acalorada con un amigo, que no se diferencia mucho de mi papá en cuanto a su pasión por el fútbol. Para hacer corto el cuento, después de criticarme hasta el cansancio por celebrar las victorias de “equipos extranjeros” en lugar de seguir a los equipos de mi país, cometió el error de ofrecerse a llevarme a un partido del Caracas Fútbol Club en la Copa Libertadores.
Lo que la inocente criatura no sabía es lo que se le venía encima: En mis 25 años en esta ciudad no había pisado nunca el suelo de ninguno de los estadios de la UCV, y no porque me faltaran ganas o no me gustara el deporte, ¡Me faltaba alguien que me arrastrara hasta allá!. Así que desde ese instante se caló el chinche de “¿Cuándo empieza la Copa?” “¿Cuándo vamos al Estadio?” “Llévame a un partido bueno”. Sí, me comporté cual niñita de cinco años que espera ansiosa la llegada de su fiesta de cumpleaños.
Así las cosas, la semana pasada pude tachar uno de los ítems de mi lista de antes de partir: Ir a un juego en el Estadio Olímpico de la UCV. Quedé prendada del ambiente, del entusiasmo de la hinchada caraquista; la devoción con la que cantan durante 90 minutos, sin parar, para animar a su equipo; pude gritar “GOOOL!!!” y chocar las manos con mis amigos, mis primos, y los perfectos desconocidos que tenía delante (un poco pasados de tragos, cabe destacar); me reí hasta el cansancio cuando le robaron las pancartas a los fanáticos del equipo contrario; me ensordeció el estruendo de los fuegos artificiales que surgieron inesperadamente a mi espalda, y tiñeron la noche caraqueña de colores justo sobre mí, mientras bajo ellos hondeaba flamante la bandera de mi hermoso país.
Pero me supieron a nada esos 90 minutos, quedé con ganas de más. El árbitro aún no había dado el pitazo final cuando ya me estaba anotando para ir al partido de esta semana. Así que el miércoles volví al estadio, ahora acompañada con mi Ne, que por indeciso se quedó con las ganas de ir al primer partido.
Aún así, no me considero una fanática empedernida de este deporte. Mi papá, por ejemplo, se ve cuanto partido transmiten en ESPN, Fox Sports, Meridiano, etc. A veces ni sabe quién esta jugando, pero lo ve, sólo porque le gusta verlo. Yo me limito a los partidos del Barça, de España y de Venezuela (bueno, está bien, y de Italia…para que no haya dolientes…), o al menos así era hasta ahora.
Hace unos 5 meses tuve una discusión un poco acalorada con un amigo, que no se diferencia mucho de mi papá en cuanto a su pasión por el fútbol. Para hacer corto el cuento, después de criticarme hasta el cansancio por celebrar las victorias de “equipos extranjeros” en lugar de seguir a los equipos de mi país, cometió el error de ofrecerse a llevarme a un partido del Caracas Fútbol Club en la Copa Libertadores.
Lo que la inocente criatura no sabía es lo que se le venía encima: En mis 25 años en esta ciudad no había pisado nunca el suelo de ninguno de los estadios de la UCV, y no porque me faltaran ganas o no me gustara el deporte, ¡Me faltaba alguien que me arrastrara hasta allá!. Así que desde ese instante se caló el chinche de “¿Cuándo empieza la Copa?” “¿Cuándo vamos al Estadio?” “Llévame a un partido bueno”. Sí, me comporté cual niñita de cinco años que espera ansiosa la llegada de su fiesta de cumpleaños.
Así las cosas, la semana pasada pude tachar uno de los ítems de mi lista de antes de partir: Ir a un juego en el Estadio Olímpico de la UCV. Quedé prendada del ambiente, del entusiasmo de la hinchada caraquista; la devoción con la que cantan durante 90 minutos, sin parar, para animar a su equipo; pude gritar “GOOOL!!!” y chocar las manos con mis amigos, mis primos, y los perfectos desconocidos que tenía delante (un poco pasados de tragos, cabe destacar); me reí hasta el cansancio cuando le robaron las pancartas a los fanáticos del equipo contrario; me ensordeció el estruendo de los fuegos artificiales que surgieron inesperadamente a mi espalda, y tiñeron la noche caraqueña de colores justo sobre mí, mientras bajo ellos hondeaba flamante la bandera de mi hermoso país.
Pero me supieron a nada esos 90 minutos, quedé con ganas de más. El árbitro aún no había dado el pitazo final cuando ya me estaba anotando para ir al partido de esta semana. Así que el miércoles volví al estadio, ahora acompañada con mi Ne, que por indeciso se quedó con las ganas de ir al primer partido.
Y es que se siente maravilloso olvidarse del mundo al menos por 90 minutos, enfocar tu mirada en un balón y sentir que la pasión que llevas dentro puede guiarlo hasta la portería; poner tu alma en una canción y dejar tus cuerdas vocales en un insulto ante un mal arbitraje… Pero lo más maravilloso es descubrir a tu país, su alegría, su calor, su sabor, en cada una de las personas que te rodean, en el vendedor que no vende Pepsi, Seven Up y cerveza, sino “Lapeisi, el sevenó y la celveza”, en el niño que se siente hombre por dos segundos cuando le grita al árbitro la misma palabrota que grita su papá; en el borrachito de enfrente, que canta a su ritmo y no para de mover los brazos, y te llena de cerveza cuando celebra y cuando se molesta; en las sonrisas cómplices de tus amigos y tu familia, que disfrutan tanto como tú esa corta estadía en lo que por 90 minutos parece otro planeta, un planeta donde todo es rojo y negro.
He estado en el Camp Nou y en el Estadio Olímpico de la UCV y, llámenme loca, pero no cambio lo vivido estos días aquí, a lo vivido aquellos días allá. Nos falta mucho para tener el mismo nivel, juego y técnica que mi amado Barcelona, pero a mi Barça le falta mucho para tener una fanaticada tan hermosa, colorida, entusiasta y apasionada como la que acompaña a los rojos del Ávila en el estadio. Porque somos venezolanos, porque somos caraqueños, porque llevamos la alegría en nuestros corazones y con ella inundamos todos los lugares a donde vamos, y porque… Al Caracas lo quiero! Lo llevo en el corazón! Por eso esta temporada va a salir campeón! DALE DALE ROOO!!! DALE DALE ROOO!!!
Gracias mijitico. Tenías razón.

Pues si... me tripie mucho el partido, aunque ciertamente les falta mucho! pero es verdad, lo mejor fue olvidarme de todo, absolutamente todo, por esos 90 minutos; y lo que mas me gusto fue olvidarme de todo... contigo! (L)
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