Existe una cuestión en mi enrevesada personalidad que choca enormemente con mi espíritu aventurero: Sufro de aracnofobia superlativa y bichofobia general. Cualquier ente vivo que tenga más de cuatro patas constituye una amenaza para mi integridad física. Y la suya.
Un amigo me dijo una vez que no tenía por qué tenerle miedo a los “bichitos” (así como si fueran un perrito, un bebé, algo de lo más cuchi) “¿Qué harías tú si vieras a un gigante? Te asustarías y lo máximo que podrías hacerle sería morderle el dedo gordo del pie, ¿No?”. Sí claro, por supuesto, ¡Con la única diferencia de que yo no podría matarlo con veneno letal! (Aquí habrá quien tenga sus dudas, lo sé y lo acepto, como toda buena cuaima que se respete).
Y es que me dan una grima terrible. Algunos incluso me provocan náuseas tan sólo de verlos o sentirlos revoloteando cerca de mí, violando inclementemente la soberanía de mi espacio aéreo personal.
Así, hablemos de los cocos. Que cosa tan insignificante pero tan desagradable. Me da de todo el sonido que producen cuando chocan con algo. Y chocan con TODO. Es imposible que un coco y yo convivamos más de 1 segundo en una misma habitación. Él entra, y yo salgo despavorida por el otro lado, pegando gritos como si la misma sayona se hubiera apersonado en mi cuarto. Y no falta mi papá diciendo “Mi amor, pero si es un coquito nada más, pobrecito, esos animalitos no hacen nada”. No harán nada, pero son tan desagradables que ni mi gata se acerca a ellos.
Y pareciera que tengo un imán para atraerlos. Anoche, por ejemplo, la mamá de los cocos decidió que DEBÍA entrar en mi cuarto. Esa cosa era realmente gigante, debió venir volando desde Kenia. Afortunadamente la ventana estaba cerrada, pero la golpeaba amenazadoramente, y miraba hacia adentro mientras revoloteaba atrapada entre la reja, el vidrio y el trozo roto de mosquitero que mi papá no ha arreglado desde que nos robaron (sí, entraron por mi ventana los muy desgraciados). Y volvió mi papá: “Pero si es sólo un coquito mi amor” ¿¡¿¡¿COQUITO?!?!? ¡¡¡Por cosas como ÉSA uno no puede referirse a esos animales como “coquitos”!!!. Y el Ne por el pin “Tú exageras burda, seguramente es un pobre coquito”. No. Era un coco gigante. G-I-G-A-N-T-E.
Y las cucarachas... No… Eso si es insufrible, repulsivo, odioso, repugnante y asqueroso. En mi caso particular, duermo con una lata de “FLI” (A.K.A. Baygon o Raid) en mi mesita de noche, porque hasta pisarlas me da asco. Yo las clasifico en tres, por orden de repulsión:
Un amigo me dijo una vez que no tenía por qué tenerle miedo a los “bichitos” (así como si fueran un perrito, un bebé, algo de lo más cuchi) “¿Qué harías tú si vieras a un gigante? Te asustarías y lo máximo que podrías hacerle sería morderle el dedo gordo del pie, ¿No?”. Sí claro, por supuesto, ¡Con la única diferencia de que yo no podría matarlo con veneno letal! (Aquí habrá quien tenga sus dudas, lo sé y lo acepto, como toda buena cuaima que se respete).
Y es que me dan una grima terrible. Algunos incluso me provocan náuseas tan sólo de verlos o sentirlos revoloteando cerca de mí, violando inclementemente la soberanía de mi espacio aéreo personal.
Así, hablemos de los cocos. Que cosa tan insignificante pero tan desagradable. Me da de todo el sonido que producen cuando chocan con algo. Y chocan con TODO. Es imposible que un coco y yo convivamos más de 1 segundo en una misma habitación. Él entra, y yo salgo despavorida por el otro lado, pegando gritos como si la misma sayona se hubiera apersonado en mi cuarto. Y no falta mi papá diciendo “Mi amor, pero si es un coquito nada más, pobrecito, esos animalitos no hacen nada”. No harán nada, pero son tan desagradables que ni mi gata se acerca a ellos.
Y pareciera que tengo un imán para atraerlos. Anoche, por ejemplo, la mamá de los cocos decidió que DEBÍA entrar en mi cuarto. Esa cosa era realmente gigante, debió venir volando desde Kenia. Afortunadamente la ventana estaba cerrada, pero la golpeaba amenazadoramente, y miraba hacia adentro mientras revoloteaba atrapada entre la reja, el vidrio y el trozo roto de mosquitero que mi papá no ha arreglado desde que nos robaron (sí, entraron por mi ventana los muy desgraciados). Y volvió mi papá: “Pero si es sólo un coquito mi amor” ¿¡¿¡¿COQUITO?!?!? ¡¡¡Por cosas como ÉSA uno no puede referirse a esos animales como “coquitos”!!!. Y el Ne por el pin “Tú exageras burda, seguramente es un pobre coquito”. No. Era un coco gigante. G-I-G-A-N-T-E.
Y las cucarachas... No… Eso si es insufrible, repulsivo, odioso, repugnante y asqueroso. En mi caso particular, duermo con una lata de “FLI” (A.K.A. Baygon o Raid) en mi mesita de noche, porque hasta pisarlas me da asco. Yo las clasifico en tres, por orden de repulsión:
1. Cucarachas: Aquí entran aquellos insectos rastreros, marrones, de largas antenas, de cantidad de patas indefinida (nunca me he detenido ante su cadáver a ver cuántas tienen, y no pienso entrar en Wikipedia porque si veo la foto vomito aquí mismo) que tienen un tamaño “decente”, es decir, no más de dos o tres centímetros.
2. Cucarachas voladoras: Nunca estoy suficiente tiempo en la habitación para distinguir si lo que entró fue un coco o una cucaracha, mi papá se encarga de decirme que “era” tras el respectivo zapatazo.
3. Cucarachas radioactivas: Estas son las peores. Son las más grandes. Y les digo así porque tienen una peculiar manchita de un tono amarillezco (que de sólo verlo me produce náuseas) alrededor del cuello. Estoy segura que podrían usar sus largas antenas para transmitir en frecuencia modulada. Por supuesto, son estas infelices las que siempre se atraviesan en mi camino. Y tardan HORAS en morir.
Cabe destacar, yo soy alérgica al “fli”. Así que por lo general debo permanecer dos horas fuera de mi cuarto, hasta que pase el efecto de la media lata que rocié sobre el atónito insecto que en medio de su agonía debía preguntarse qué era esa cosa gigante y de ojos desorbitados que se abalanzó sobre él con un grito de guerra en medio de una llovizna de desagradable olor que lo dejó mareado y paralizado.
Es que también tengo mala suerte. Un día, terminando de ducharme, me inclino para enrollarme la toalla cual turbante en el cabello… Y cae frente a mí un alacrán. Del tiro no pude ni gritar. Me quedé paralizada. Obviamente, cuando reaccioné el grito vino con retroactivo. ¿Qué probabilidades hay de que esto suceda una segunda vez? En mi caso, TODAS. Así que ya no doy chance a una tercera. Quedé paranoica y reviso ducha, toallas y cortina de baño antes de abrir la llave.
Dígame en la parcela… No me acuesto sin que el Ne me sacuda las sábanas, la almohada, la cobija y levante el colchón. En la piscina vivo sacudiéndome los pegones: “¡De bolas gorda, si tienes encima el pegoste ese del bronceador que huele a coco!”. Y apenas empieza a bajar el sol soy una mata de nervios con piernas. Ahí sale cuanta cosa extraña esté documentada (o no) en un libro de biología. Desde la avispa con alas de un metro de envergadura hasta el milpies que si te pica, mejor ni te cuento.
Y las arañas… Ni hablar. Hasta las finitas que están en cada esquina en TODAS las casas me dan miedo. Una vez tenía mi linda patita metida debajo del cojín del sofá y una desgraciada como de cinco centímetros me caminó por encima. Podría jurar que intentó morderme. Literalmente me encaramé en el lavamanos con el pie bajo el grifo llorando del asco/terror. Lo mismo que la vez que sentí “algo” cuando me puse el zapato y se me ocurrió meter la mano a ver qué era. Lloré desconsolada como por 15 minutos.
Y es que te las muestran en fotos y en películas como con ochocientos ojos, colmillos y pelos. Y tejen esa telaraña que parece un algodón de azúcar mal hecho, y se posan en ella como si estuvieran flotando, y tú ni entiendes cómo llegaron ahí, dónde empieza y dónde termina la vaina. Y para colmo salen a decirte que son venenosas. ¡¡¡Y HAY GENTE QUE SE LAS COMEEE!!!
Confieso que a lo ÚNICO que le tuve miedo cuando mi mamá dijo “¡Me gané un viaje a la Gran Sabana!” (Sí, ella es de las que se gana motos en casinos y viajes en supermercados) era a que me saliera una tarántula en alguna parte. Porque para colmo Hollywood y NatGeo les han dado una subliminal cualidad de brincar o caer del cielo y atacar al “enemigo” que no es más que un pobre pendejo como uno que va caminando tranquilo en la selva.
Y para los curiosos, no, no me salió ni una mísera arañita. Pero todas las cucarachas del campamento decidieron dormir durante dos noches en el cuarto donde había dos mujeres solas. Murphy, siempre conmigo.
Lo único con más de cuatro patas que tolero son las mariposas. Y vuelvo y repito: Las chiquitas, las bonitas, las de colores. Las gigantes que salen de noche y que mi gata me traía a la cama a las tres de la mañana me producen lo mismo que un coco o una cucaracha. Jamás lo de una araña. Eso es una sensación aparte, indescriptible. Como un brebaje de pánico con terror, paranoia, angustia, aprensión, desesperación y llanto. Ustedes entienden, ¿No?.
Cabe destacar, yo soy alérgica al “fli”. Así que por lo general debo permanecer dos horas fuera de mi cuarto, hasta que pase el efecto de la media lata que rocié sobre el atónito insecto que en medio de su agonía debía preguntarse qué era esa cosa gigante y de ojos desorbitados que se abalanzó sobre él con un grito de guerra en medio de una llovizna de desagradable olor que lo dejó mareado y paralizado.
Es que también tengo mala suerte. Un día, terminando de ducharme, me inclino para enrollarme la toalla cual turbante en el cabello… Y cae frente a mí un alacrán. Del tiro no pude ni gritar. Me quedé paralizada. Obviamente, cuando reaccioné el grito vino con retroactivo. ¿Qué probabilidades hay de que esto suceda una segunda vez? En mi caso, TODAS. Así que ya no doy chance a una tercera. Quedé paranoica y reviso ducha, toallas y cortina de baño antes de abrir la llave.
Dígame en la parcela… No me acuesto sin que el Ne me sacuda las sábanas, la almohada, la cobija y levante el colchón. En la piscina vivo sacudiéndome los pegones: “¡De bolas gorda, si tienes encima el pegoste ese del bronceador que huele a coco!”. Y apenas empieza a bajar el sol soy una mata de nervios con piernas. Ahí sale cuanta cosa extraña esté documentada (o no) en un libro de biología. Desde la avispa con alas de un metro de envergadura hasta el milpies que si te pica, mejor ni te cuento.
Y las arañas… Ni hablar. Hasta las finitas que están en cada esquina en TODAS las casas me dan miedo. Una vez tenía mi linda patita metida debajo del cojín del sofá y una desgraciada como de cinco centímetros me caminó por encima. Podría jurar que intentó morderme. Literalmente me encaramé en el lavamanos con el pie bajo el grifo llorando del asco/terror. Lo mismo que la vez que sentí “algo” cuando me puse el zapato y se me ocurrió meter la mano a ver qué era. Lloré desconsolada como por 15 minutos.
Y es que te las muestran en fotos y en películas como con ochocientos ojos, colmillos y pelos. Y tejen esa telaraña que parece un algodón de azúcar mal hecho, y se posan en ella como si estuvieran flotando, y tú ni entiendes cómo llegaron ahí, dónde empieza y dónde termina la vaina. Y para colmo salen a decirte que son venenosas. ¡¡¡Y HAY GENTE QUE SE LAS COMEEE!!!
Confieso que a lo ÚNICO que le tuve miedo cuando mi mamá dijo “¡Me gané un viaje a la Gran Sabana!” (Sí, ella es de las que se gana motos en casinos y viajes en supermercados) era a que me saliera una tarántula en alguna parte. Porque para colmo Hollywood y NatGeo les han dado una subliminal cualidad de brincar o caer del cielo y atacar al “enemigo” que no es más que un pobre pendejo como uno que va caminando tranquilo en la selva.
Y para los curiosos, no, no me salió ni una mísera arañita. Pero todas las cucarachas del campamento decidieron dormir durante dos noches en el cuarto donde había dos mujeres solas. Murphy, siempre conmigo.
Lo único con más de cuatro patas que tolero son las mariposas. Y vuelvo y repito: Las chiquitas, las bonitas, las de colores. Las gigantes que salen de noche y que mi gata me traía a la cama a las tres de la mañana me producen lo mismo que un coco o una cucaracha. Jamás lo de una araña. Eso es una sensación aparte, indescriptible. Como un brebaje de pánico con terror, paranoia, angustia, aprensión, desesperación y llanto. Ustedes entienden, ¿No?.
jajajajajajajajajajajajajajajaja lloré de la risa! jaajajajaj que pendeja! jajajajajajajajajajajajajajajaajaja te adoro! jajajajaja
ResponderEliminarTe apoyo 100% y debo decir que te equivocaste ROTUNDAMENTE, MI CUARTO es el centro de convenciones de los coquitos, no el tuyo.. aqui diariamente entran unos 3 o 4.. asi que lanzo zapatos por als noches como 6 o 7 veces al dia(ojo, un dia rompi una lampara por un trapasoXD)
ResponderEliminarNótese el: Lanzo zapatos por las NOCHES 6 o 7 veces al DÍA... ¿Quedó claro no? Jajajajaja
ResponderEliminarJoe, gracias por compartir tus temores conmigo. Te quiero. Jajajaja ;)