Esto de casarse es bonito. A pesar de todos los problemas que implica la planificación de la boda, el pensar que luego de determinada fecha podrás compartir tu vida con la persona que amas, es ilusión e incentivo suficiente como para superar las complicaciones que surgen con cada nueva idea o sugerencia (venga de donde venga).
Ahora bien, de las cosas que más he disfrutado desde el día del compromiso está (aparte del tema de mi vestido, claro) el salir de compras con mi Ne y escoger cosas para nuestra casa, o como cariñosamente le decimos: “El Bunker”. Hemos gozado un mundo comprando cosas necesarias, cosas útiles, cosas decorativas y artefactos meramente inútiles que seguramente ocuparán un espacio en una gaveta, o en los baulitos de la mesita de la sala (si es que finalmente me dejan comprar la que preliminarmente escogí).
Resulta increíblemente divertido salir de compras juntos. Estoy segura que si pudieran vernos por un huequito no pararían de reír con sus ocurrencias, mis propuestas y nuestras pequeñas discusiones, que suelen acabar con un “Eduardo… Sé sincero, ¿En verdad necesitas eso?” dicho en medio de una sonrisa o una carcajada.
Y es que para el tema somos unos personajes. Teníamos 2 años vacilándonos a cuanto expositor se nos atravesara en absolutamente todas las exposiciones de muebles y decoración que han invadido el CCCT y el Poliedro. Jugábamos a escoger cama, sofás, comedor, cuadros, bibliotecas, etc., y, personalmente, nunca imaginé que, cuando el verdadero momento llegara, la ilusión cediera parte de su espacio ante los nervios de pararte frente a una cama y decir para tus adentros: “De ahora en adelante, voy a dormir ahí… ¡Y VOY A TENER QUE COMPARTIRLA!”.
Afortunadamente, vivo llena de sueños e ilusiones (creo que soy lo más parecido a Candy Candy que podrán conocer) así que el susto y la conmoción me duran poco, o casi nada.
Así que poquito a poco hemos ido estirando la platica y amoblando el bunker. Y el sábado dimos el tarjetazo de nuestras vidas… Decidimos que era el momento de ponernos serios, y equipar la cocina.
Llegamos a JVG a eso del mediodía y empezamos a escoger. Con las voces de mi papá y de mi tía (la bella arquitecto que no se cansa de escucharnos y poner en un plano lo que “queremos” y soñamos) retozándonos en la cabeza: “Compren cosas pequeñas, la cocina es chiquita, no se emocionen”.
Nos fuimos abriendo paso entre aires acondicionados, topes de cocina, hornos, neveras, y demás artefactos, tomando sólo los datos de lo que cumpliera con dos características fundamentales: Pequeño y económicamente rentable, mientras nuestro humilde corazoncito albergaba la esperanza de que al momento de agarrar al vendedor y decirle lo que nos gustaba… Nos dijera que lo tenía disponible.
Porque tristemente ahora uno no compra lo que quiere, sino lo que la tienda tiene. Y la Ley podrá decirte lo que quiera acerca de las multas y sanciones a los locales que tengan expuesta mercancía que no tengan disponible, pero la realidad del país y de los comerciantes te dice otra cosa, muy, muy distinta.
Pero afortunadamente el universo se alineó a nuestro favor el sábado, alguna extraña conjunción astrológica debió haberse presentado a esa hora, ese día, para que todo, absolutamente TODO lo que escogimos, estuviera disponible. Sip, ni yo misma me lo creo aún.
Pero, por no dejar, decidimos ir a Maxcenter a revisar precios… No fuera a ser que luego encontráramos la nevera más barata y nos diera un derrame cerebral. Y de hecho, nos ahorramos unos milloncitos (sí, porque soy de esas que se niega rotundamente a hablar en bolívares fuertes) en el horno, y diez mil bolos que no enriquecen ni empobrecen a nadie, en el fregadero.
Y entonces me dio un ataque de pánico. La cocina. Mi pequeña y bella cocina. Era la ÚNICA que quedaba en JVG... y nosotros en Maxcenter. Así que pagamos rápidamente y fuimos a retirar nuestro horno. No sin antes decir:
- “Mi vida… ¿Tú estás seguro que el horno cabe en el carro?”
- “¡De bolas que sí gorda!”
- “Es que yo creo que esa caja debe ser muy grande”
- “¿Y tú crees que el carro no lo es? ¡Tú sí te enrollas!”
Dos horas después estábamos de vuelta en Maxcenter, buscando el horno con la camioneta de mi papá.
No me quedé tranquila hasta que me facturaron mi cocina. Porque esta ciudad es así. Basta con que te antojes de algo para que llegue alguien más antojado que tú y te lo quite. Felizmente, ganamos en rapidez.
Pues ahora sólo nos falta el mueble donde meter y acomodar todo lo que compramos. Incluido el microondas, que mi futuro esposito se comprometió a limpiar a diario, cuando las huellas de sus pequeñas manitos queden hermosamente plasmadas en la puertita que tanto, pero tanto le gustó y lo inspiró a escogerlo por encima de los otros 10 que vimos que, cabe destacar, eran (en términos de limpieza) mucho más prácticos, “pero no tan bonitos”.
Ahora bien, de las cosas que más he disfrutado desde el día del compromiso está (aparte del tema de mi vestido, claro) el salir de compras con mi Ne y escoger cosas para nuestra casa, o como cariñosamente le decimos: “El Bunker”. Hemos gozado un mundo comprando cosas necesarias, cosas útiles, cosas decorativas y artefactos meramente inútiles que seguramente ocuparán un espacio en una gaveta, o en los baulitos de la mesita de la sala (si es que finalmente me dejan comprar la que preliminarmente escogí).
Resulta increíblemente divertido salir de compras juntos. Estoy segura que si pudieran vernos por un huequito no pararían de reír con sus ocurrencias, mis propuestas y nuestras pequeñas discusiones, que suelen acabar con un “Eduardo… Sé sincero, ¿En verdad necesitas eso?” dicho en medio de una sonrisa o una carcajada.
Y es que para el tema somos unos personajes. Teníamos 2 años vacilándonos a cuanto expositor se nos atravesara en absolutamente todas las exposiciones de muebles y decoración que han invadido el CCCT y el Poliedro. Jugábamos a escoger cama, sofás, comedor, cuadros, bibliotecas, etc., y, personalmente, nunca imaginé que, cuando el verdadero momento llegara, la ilusión cediera parte de su espacio ante los nervios de pararte frente a una cama y decir para tus adentros: “De ahora en adelante, voy a dormir ahí… ¡Y VOY A TENER QUE COMPARTIRLA!”.
Afortunadamente, vivo llena de sueños e ilusiones (creo que soy lo más parecido a Candy Candy que podrán conocer) así que el susto y la conmoción me duran poco, o casi nada.
Así que poquito a poco hemos ido estirando la platica y amoblando el bunker. Y el sábado dimos el tarjetazo de nuestras vidas… Decidimos que era el momento de ponernos serios, y equipar la cocina.
Llegamos a JVG a eso del mediodía y empezamos a escoger. Con las voces de mi papá y de mi tía (la bella arquitecto que no se cansa de escucharnos y poner en un plano lo que “queremos” y soñamos) retozándonos en la cabeza: “Compren cosas pequeñas, la cocina es chiquita, no se emocionen”.
Nos fuimos abriendo paso entre aires acondicionados, topes de cocina, hornos, neveras, y demás artefactos, tomando sólo los datos de lo que cumpliera con dos características fundamentales: Pequeño y económicamente rentable, mientras nuestro humilde corazoncito albergaba la esperanza de que al momento de agarrar al vendedor y decirle lo que nos gustaba… Nos dijera que lo tenía disponible.
Porque tristemente ahora uno no compra lo que quiere, sino lo que la tienda tiene. Y la Ley podrá decirte lo que quiera acerca de las multas y sanciones a los locales que tengan expuesta mercancía que no tengan disponible, pero la realidad del país y de los comerciantes te dice otra cosa, muy, muy distinta.
Pero afortunadamente el universo se alineó a nuestro favor el sábado, alguna extraña conjunción astrológica debió haberse presentado a esa hora, ese día, para que todo, absolutamente TODO lo que escogimos, estuviera disponible. Sip, ni yo misma me lo creo aún.
Pero, por no dejar, decidimos ir a Maxcenter a revisar precios… No fuera a ser que luego encontráramos la nevera más barata y nos diera un derrame cerebral. Y de hecho, nos ahorramos unos milloncitos (sí, porque soy de esas que se niega rotundamente a hablar en bolívares fuertes) en el horno, y diez mil bolos que no enriquecen ni empobrecen a nadie, en el fregadero.
Y entonces me dio un ataque de pánico. La cocina. Mi pequeña y bella cocina. Era la ÚNICA que quedaba en JVG... y nosotros en Maxcenter. Así que pagamos rápidamente y fuimos a retirar nuestro horno. No sin antes decir:
- “Mi vida… ¿Tú estás seguro que el horno cabe en el carro?”
- “¡De bolas que sí gorda!”
- “Es que yo creo que esa caja debe ser muy grande”
- “¿Y tú crees que el carro no lo es? ¡Tú sí te enrollas!”
Dos horas después estábamos de vuelta en Maxcenter, buscando el horno con la camioneta de mi papá.
No me quedé tranquila hasta que me facturaron mi cocina. Porque esta ciudad es así. Basta con que te antojes de algo para que llegue alguien más antojado que tú y te lo quite. Felizmente, ganamos en rapidez.
Pues ahora sólo nos falta el mueble donde meter y acomodar todo lo que compramos. Incluido el microondas, que mi futuro esposito se comprometió a limpiar a diario, cuando las huellas de sus pequeñas manitos queden hermosamente plasmadas en la puertita que tanto, pero tanto le gustó y lo inspiró a escogerlo por encima de los otros 10 que vimos que, cabe destacar, eran (en términos de limpieza) mucho más prácticos, “pero no tan bonitos”.


Yo humildemente recomiendo que dejen por escrito el acuerdo de limpieza del microonda, para asi evitar malas interpretaciones a futuro, recuerda Caro los hombres piensan que la limpieza es cosa de tontos y que ademas no se hace a diario, ahhh y ademas tienden a pensar que una huellita o manchita aqui o alla no le hace daño a nadie... Toma nota
ResponderEliminarbesitos
Ari