
Yo no fui a mi boda. Fueron tan gentiles de extenderme invitación protagónica y permitirme ser la única vestida de blanco (si no, un comando especial del cortejo tenía la delicada y suicida misión de derramar una copa de vino tinto sobre la osada que intentara desafiar mi blancura –totalmente verídico-). Fueron tan amables de otorgarme la dicha de ser el centro de atención por una noche (muy a pesar de mi Gordo). Fueron tan chéveres que todos fueron a mi boda, bebieron, comieron (en algunos casos jartaron) y bailaron hasta que las patitas no les dieron más. Todos fueron, ¡Pero yo no fui!
Y es que les juro que el mundo se paraliza el día que uno se casa. Yo, particularmente, ese día me lo salté. El 24 de Septiembre de 2010 no estaba en mi calendario. Yo brinqué del 23 al 27 más o menos. Para mí, todo quedó en el medio lexotanil que me dio mi mamá la noche antes de la boda para poder descansar.
Una está tan nerviosa, tan ansiosa, con tantas ganas de verlo a él, de verse a sí misma vestida de blanco, maquillada, peinada y con camarógrafo enfrente, de ver cómo quedaron los vestidos del cortejo, de ver a los pajecitos, la decoración, de ver cómo quedó absolutamente todo lo que se planificó y se imaginó por tanto tiempo, ligando que todo salga bien, que todo quede perfecto, que no llueva… Sabiendo que el momento que ha ansiado toda su vida está a punto de llegar… Y cuando llega… Se vive tan intensamente que casi no se vive.
Yo recuerdo muy bien toda mi ceremonia (salvo mi entrada, esos compases que acompañaron mis pasos y los de mis papás hasta el altar y que toda mi vida había soñado -atribuyo esto al brebaje de nervios con emoción que una obligatoriamente se autoinyecta en el carro camino a la iglesia-). Sé que a muchos les pudo parecer larga, pero para nosotros fue indescriptiblemente emotiva, no sólo porque nos casó un gran amigo de ambos, sino porque era el momento cumbre de nuestra relación y los teníamos a todos junto a nosotros para compartirlo. A quienes pudieron llegar en medio del torrencial aguacero de ese día, GRACIAS. A quienes no pudieron llegar, GRACIAS, la presencia no es requisito cuando predominan las oraciones y los buenos deseos.
Pero yo no recuerdo casi mi fiesta. Tengo muchas lagunas, muchos recuerdos aislados, cual si hubiera agarrado la peor rasca de mi vida (y lo peor, es que en toda la noche lo único que bebí fue agua, porque ni la copita de cava que me dieron al entrar me la terminé).
El gordo y yo gozamos, bailamos y nos reímos todo lo que nuestros cuerpos agotados con tanto nervio, ansia y cansancio post-planificación nos permitieron. Tras salir de la fiesta a las 5:30 am, exhaustos como nadie, y lograr meter mi vestido (que aún doy gracias a Dios porque la falda, contra todo pronóstico, quedo intacta y sin necesidad de aguja post-rumba) en el carro del Gordo nos encaminamos a nuestra suite presidencial en el Hotel Pestana. Al llegar al hotel el recibimiento no pudo ser menos gracioso:
- Gordo: “Buenas noches”
- Vigilante: “¡Buenos días! Ya son las 6:00 de la mañana señor, ¡Felicidades!”
Nos acostamos a las 8:30 am tras abrir nuestros regalos y leer todas y cada una de las tarjetas… ¡Gracias a todos por tanto cariño y buenos deseos juntos!. Dormimos hasta que a eso de mediodía el hambre empezó a manifestarse, nos despertamos, comimos y seguimos durmiendo… Hasta que se hizo hora de dejar el hotel. No, no hay más detalles. ¡Deje así! ;)
Les confieso que el 25 de Septiembre, tras llegar a casita, probamos el buffet de la boda. Fue muy rico planificarlo, imaginarlo, ansiarlo… Fue terrible estar en la fiesta y no tener nada, nadita, nada de hambre. Yo confieso que en toda la noche me comí tres lonjitas de jamón serrano, dos pedazos de queso parmesano, un pasapalo de pollo con ajonjolí en salsa de mango y una empanada de carne del budare a las 4:00 am. Gracias a todos los que nos dijeron que los langostinos estaban divinos, que los bombones eran espectaculares, que el pie de nutella era de chuparse los dedos, que todo lo del buffet estaba de muerte lenta y que nuestra boda siempre será recordada por la cantidad de comida que hubo. Gracias, si no fuera por ustedes ¡No nos daría tanta pena habernos perdido nuestra boda! :)

Detalles dignos de ser recordados:
- El pisotón sobre mi velo que detuvo mi caminata al altar por 3 segundos,
- La pérdida de la almohadita con los anillos en el momento cumbre de la ceremonia,
- El cura pidiéndonos entregar un hijo a la iglesia y volverlo sacerdote o monja,
- El Ave María que le erizó la piel a todos,
-¿Qué fueron a hacer cuando desaparecieron detrás del altar?*,
- La ruptura de las mangas de mi vestido tras una foto de “LEVANTEN LAS MANOOOOSSS Y GRITEEEEN” al entrar a la fiesta (para quienes no saben, el vestido estaba diseñado para poder quitar las mangas al momento de bailar, por eso estaba tan tranquila mientras la mitad de ustedes me veían con cara de tristeza/preocupación/dolor/odioaladiseñadora),
- La crisis por falta de asientos y presencia de todos,
- El show de tambores (y mi amigo homofóbico gritando que necesitaba con urgencia un negro),
- La sorpresa que nos dieron Dani y Nano al subir a la tarima a cantar “Tabaco y Chanel” y “I’m Yours”,
- La torta… Muy rica de sabor pero terrible en presentación,
- El Gordo y Meritxell apoderados del micrófono en la hora loca,
- "Caro, yo te quieroooo, nosotros los queremos, no quiero que sigamos peleadas, marica, ¡TE QUIERO!, por favor vengan a Puerto La Cruz, los extrañamos" (Adivinen el personaje... ;) jajajaja)
- Mi cuñada, mi suegra y sus amigos del trabajo bailando “conga conga me gusta la melonga…” cuando se fue la orquesta,
- Cava toda la noche… Y sus consecuencias en algunos,
- Que una de mis dos mejores amigas de la infancia se ganara mi bouquet, (“porque le tenía puesto el ojo desde que llegó a mi casa”),
- ¿¡¿¿¡Quién rompió el vaso de whisky en medio del desespero por agarrar el liguero?!?!?
- Según ustedes: Los langostinos.
* Fuimos a ponerle flores a la Virgencita de Coromoto y a elevar una plegaria ante San Antonio de Padua.
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