Hay una parte de mí que muy pocos conocen. Me atrevo a decir que ni yo misma la conozco muy bien, pero está ahí, latente dentro de mí, haciéndose más fuerte con cada respiro y cada latido de mi corazón. Es algo que me impulsa hacia lo nuevo, hacia lo desconocido, que me hace soñar y trazarme las más inusuales e inconcebibles metas. Algo que me hace sentirme grande y pequeña a la vez. Ese algo es mi inclinación, casi natural, a la aventura.
Quizás quien conozca mejor esta “faceta” de mi enrevesada y compleja personalidad es mi mamá. Es ella quien comenta que de pequeña siempre estaba inventando, que no me quedaba quieta. Viendo hacia atrás… Sí, fui un dolor de cabeza, lo reconozco. Siempre me gustaron los toboganes más altos, siempre me columpié lo más fuerte que pude (era de esas niñas incrédulas que JURABAN que podían darle la vuelta completa al columpio) y me lanzaba al aire cuando éste llegaba a su punto más alto. Amaba lanzarme por una bajada con mis patines, mi bicicleta y mi carrito en forma de zapato rosado. Mis rodillas pueden demostrarlo.
Pero tampoco vayan a creer que soy una loca desquiciada sin conciencia ni pensamiento racional alguno. Hay cositas que también me dan miedo, o quizás más bien, respeto. Por ejemplo, me fascina lanzarme al agua. Amo la duda que te invade en el instante previo al salto, la sensación de caer al vacío, con esa cosquillita en el estómago y el grito semiahogado en la garganta... Zambullirme en el agua helada y nadar hasta la superficie… Elevar la mirada y decir “De allá vengo… ¡Y pa’ llá voy de nuevo!”. Pero, así y todo, nunca tuve el valor suficiente para lanzarme desde el último trampolín en la piscina olímpica de Puerto Azul. Subía, me asomaba, me acobardaba un poquito, bajaba al tercero… Y al agua. Eso podía suceder tres o cuatro veces un mismo día. Hoy por hoy, me arrepiento de no haber simplemente cerrado los ojos, dado un paso al frente…Y llegado al agua desde lo más alto. Fue así como la vida me enseñó que a veces sólo existe una oportunidad para hacer las cosas, y hay que aprovecharla. Es esto lo que hoy por hoy me impulsa a buscar nuevas experiencias, arriesgarme y vivir la vida al máximo.
Y quizás es también porque con los años me he vuelto más osada y siento menos temor y más ganas de vivir experiencias que me inyecten una buena dosis de adrenalina en la sangre. De pequeña le tenía pavor a las montañas rusas, ahora tienen que caerme a gritos para que me baje (y la mayoría de las veces, ni los gritos funcionan).
Mi mamá le echa la culpa de todo esto a mi signo. Léanse cualquier descripción de los sagitarianos. Entre las primeras características SIEMPRE encontrarán: “amantes de la aventura y lo desconocido” “audaces” “odian la rutina, siempre buscan cosas nuevas”. No saben el dolor de cabeza que esto le causa a mi pobre Ne, que es taaan tranquilito y amante de la comodidad y el relax. Que odia la sensación de caer al vacío, que sufre de vértigo, que ve el peligro en todas partes. A veces no lo culpo… Al fin y al cabo fui yo quien, enseñándole a esquiar, lo mandé (accidentalmente) a bajar por una pista negra. Poco le faltó para llegar hecho una bola de nieve al pie de la montaña.
En fin, así soy. Aventurera y un poquito extrema. Con una increíble, innata y casi sobrenatural tendencia a conocer, explorar y aprender de todo lo que me rodea. Con poco sentido del peligro y el riesgo (salvo cuando estoy en el mar, el único sitio donde me declaro cobarde hasta el tuétano). Osada, arriesgada, lanzada y siempre, siempre, con una sonrisa ante la vida y las experiencias que me hacen sentir viva y me quitan el aliento.
Por ahí vienen grandes planes. Cositas que tachar en mi lista de antes de partir, en las que seguramente me acompañará mi Ne, quien con su amor por quién y cómo soy y su comprensión de mi propia naturaleza es (y será por siempre) la pieza fundamental en mi despliegue de alas. Aunque las suyas las deje tranquilitas y resguardadas, siempre pendiente de “mantenerme con vida”. Pero como le digo cada vez que invento algo nuevo y me grita “¡¡¡TE VAS A MATAAARRR!!!”: Moriré… ¡Pero moriré feliz!. Al fin y al cabo, ¿No es eso lo que verdaderamente importa? ;)
Quizás quien conozca mejor esta “faceta” de mi enrevesada y compleja personalidad es mi mamá. Es ella quien comenta que de pequeña siempre estaba inventando, que no me quedaba quieta. Viendo hacia atrás… Sí, fui un dolor de cabeza, lo reconozco. Siempre me gustaron los toboganes más altos, siempre me columpié lo más fuerte que pude (era de esas niñas incrédulas que JURABAN que podían darle la vuelta completa al columpio) y me lanzaba al aire cuando éste llegaba a su punto más alto. Amaba lanzarme por una bajada con mis patines, mi bicicleta y mi carrito en forma de zapato rosado. Mis rodillas pueden demostrarlo.
Pero tampoco vayan a creer que soy una loca desquiciada sin conciencia ni pensamiento racional alguno. Hay cositas que también me dan miedo, o quizás más bien, respeto. Por ejemplo, me fascina lanzarme al agua. Amo la duda que te invade en el instante previo al salto, la sensación de caer al vacío, con esa cosquillita en el estómago y el grito semiahogado en la garganta... Zambullirme en el agua helada y nadar hasta la superficie… Elevar la mirada y decir “De allá vengo… ¡Y pa’ llá voy de nuevo!”. Pero, así y todo, nunca tuve el valor suficiente para lanzarme desde el último trampolín en la piscina olímpica de Puerto Azul. Subía, me asomaba, me acobardaba un poquito, bajaba al tercero… Y al agua. Eso podía suceder tres o cuatro veces un mismo día. Hoy por hoy, me arrepiento de no haber simplemente cerrado los ojos, dado un paso al frente…Y llegado al agua desde lo más alto. Fue así como la vida me enseñó que a veces sólo existe una oportunidad para hacer las cosas, y hay que aprovecharla. Es esto lo que hoy por hoy me impulsa a buscar nuevas experiencias, arriesgarme y vivir la vida al máximo.
Y quizás es también porque con los años me he vuelto más osada y siento menos temor y más ganas de vivir experiencias que me inyecten una buena dosis de adrenalina en la sangre. De pequeña le tenía pavor a las montañas rusas, ahora tienen que caerme a gritos para que me baje (y la mayoría de las veces, ni los gritos funcionan).
Mi mamá le echa la culpa de todo esto a mi signo. Léanse cualquier descripción de los sagitarianos. Entre las primeras características SIEMPRE encontrarán: “amantes de la aventura y lo desconocido” “audaces” “odian la rutina, siempre buscan cosas nuevas”. No saben el dolor de cabeza que esto le causa a mi pobre Ne, que es taaan tranquilito y amante de la comodidad y el relax. Que odia la sensación de caer al vacío, que sufre de vértigo, que ve el peligro en todas partes. A veces no lo culpo… Al fin y al cabo fui yo quien, enseñándole a esquiar, lo mandé (accidentalmente) a bajar por una pista negra. Poco le faltó para llegar hecho una bola de nieve al pie de la montaña.
En fin, así soy. Aventurera y un poquito extrema. Con una increíble, innata y casi sobrenatural tendencia a conocer, explorar y aprender de todo lo que me rodea. Con poco sentido del peligro y el riesgo (salvo cuando estoy en el mar, el único sitio donde me declaro cobarde hasta el tuétano). Osada, arriesgada, lanzada y siempre, siempre, con una sonrisa ante la vida y las experiencias que me hacen sentir viva y me quitan el aliento.
Por ahí vienen grandes planes. Cositas que tachar en mi lista de antes de partir, en las que seguramente me acompañará mi Ne, quien con su amor por quién y cómo soy y su comprensión de mi propia naturaleza es (y será por siempre) la pieza fundamental en mi despliegue de alas. Aunque las suyas las deje tranquilitas y resguardadas, siempre pendiente de “mantenerme con vida”. Pero como le digo cada vez que invento algo nuevo y me grita “¡¡¡TE VAS A MATAAARRR!!!”: Moriré… ¡Pero moriré feliz!. Al fin y al cabo, ¿No es eso lo que verdaderamente importa? ;)
AMEN!!! viva sagitario!!! Voy a por otro tattoo, otro piercing y salto en paracaidas!!! Cuales son las tuyas???
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