miércoles, 14 de abril de 2010

ENTRE ROJOS, AZULES, POLICÍAS, PERDIGONES Y BOMBAS LACRIMÓGENAS.


Pues nop. No vengo a relatarles la triste crónica de una marcha de la oposición. Aunque no lo crean, todas las palabras del título de este nuevo post también pueden ser relacionadas con otra cosa. En el caso particular que hoy nos ocupa, se trata de la triste crónica del último partido del Caracas FC jugando de local en la Copa Libertadores.

Como les conté hace unas tres semanas, un buen amigo (A.K.A. “El Mijitico”) cometió el error de invitarme a UN juego del Caracas FC en la Copa Libertadores… No ha podido deshacerse de mí en cada juego desde entonces…

Así que anoche volvimos al Olímpico. Para mi sorpresa, me encontré un estadio poco concurrido, prácticamente vacío en comparación con los juegos anteriores. Vislumbré entonces que, lamentablemente, el concepto de fanatismo no ha calado lo suficiente en las venas de los caraqueños. El fanático, el verdadero, el que lleva al equipo en la sangre y en el corazón, el que lo da el todo por el todo, está en las buenas y en las malas, y comprende que es precisamente en las malas, cuando su equipo más lo necesita. No podemos decirnos hinchas de un equipo cuando sólo vamos al estadio al inicio de la temporada o cuando vamos liderando las tablas. Somos hinchas, somos fanáticos, cuando queremos y sentimos a nuestro equipo, nos vestimos con sus colores y los acompañamos desde lo lejos, cantando para que sepan que estamos ahí, apoyándolos, sudando con y por ellos, sintiendo en carne propia lo que ellos viven cuando tienen el balón enfrente, estemos ganando o completamente perdidos, eliminados y borrados del mapa. El equipo se es, se siente, se vive, se llora, se grita, y punto.

Pero ahí estábamos nosotros. Nuevamente en nuestros puestos VIP: En el medio de la mitad del centro mismo del campo, última fila de gradas, con la bandera de Venezuela y el obscuro y nublado cielo caraqueño sobre nuestras cabezas, listos para entonar nuestras canciones y apoyar a nuestro equipo, los Rojos del Ávila. Y estaban también ellos, los chilenos, separados de nosotros por una serie de paneles de madera cuya función debía ser, precisamente, mantener la distancia entre la barra de “los de abajo” y la barra de “los demonios rojos”.

Y entonces aprendí una importante lección: Colocar una barrera entre fanáticos no los separa, los une más. Porque nace entonces el incontenible sentimiento/necesidad, de romper la barrera, tirarla al piso y hacerle sentir a los otros, a los visitantes, a los invasores, que ése es nuestro terreno, nuestro campo, nuestro equipo, y nosotros mandamos ahí. No voy a negar que en un principio me pareció graciosa la situación; hasta que el fanatismo se volvió delincuencia organizada y vandalismo. Una cosa es “meterle miedo” a los visitantes y otra muy distinta destruir tu propio estadio y caer en una desmedida, infame, vergonzosa e innecesaria violencia.

Un encuentro deportivo que inicia de esta manera no puede culminar mucho mejor. Fuimos tristes testigos de un enfrentamiento violento entre hinchas de ambos bandos y policías. En verdad, no me pregunten cómo inició la cuestión. Mis ojitos lo vieron de la siguiente manera: Chile en posesión del balón, los rojos intervienen y le roban la pelota, el jugador cae (por dentro pienso: “¡Seguro que el $%&*!@+ árbitro va a pitar y va a interrumpir la jugada! ¡Es lo único que ha hecho toda la noche!”) el jugador se adelanta, se acerca a la portería y… ¡¡¡GOOOOOL!!! brazos al aire, emoción, sonrisas, chocadas de mano, fuegos artificiales y… ¡PAM! ¡PAM! ¡PAM!... ¿Eso son disparos? ¿Dónde están las pancartas de los chilenos? ¿¡¿¡¿DÓNDE ESTÁN LOS CHILENOS?!?!?

El partido tuvo que ser paralizado, y al poder despegar los ojos del balón pudimos observar cómo fuera del Estadio se libraba una batalla campal entre policías y fanáticos, que se prolongó por una media hora. No podemos criticar a quienes promueven un discurso de violencia e intolerancia cuando nosotros mismos no sabemos mantener la calma y la compostura en el más básico de los terrenos, el de juego, cuando no sabemos ser buenos perdedores y más aún, buenos fanáticos. Hay victorias y hay derrotas en todos los campos de la vida, y hay que saber aceptarlas, con la frente en alto, la mente fría y el corazón en calma.

El equipo no dio la talla anoche, la fanaticada, mucho menos. No voy a negar que desde la comodidad de mi asiento mi mente divagaba alrededor de los más maquiavélicos planes de homicidio y tortura desenfrenada, con el árbitro de protagonista. Que buena parte de mí estuvo de acuerdo con el balonazo que le propinaron en la cara a uno de los jugadores de la “U” y que estuve completamente de acuerdo cuando el Mijitico gritó “¡YA ESTAMOS ELIMINADOS! ¡¡¡TERMINA DE MATARLOOO $%”@+¿’º/$!!!” pero una cosa es dejarse llevar por el desconcierto del momento, dejar el raciocinio a un lado por unos segundos y recordar completita a todas las generaciones de los que están en el campo, reunir todas estas emociones y gritar, gritar incluso lo más ilógico e irracional, hasta que te vibren todas y cada una de las cuerdas vocales, hasta quedarte sin aliento, hasta que simplemente no puedas más, y desahogarte con la más pacífica de tus armas: tu voz; y otra cosa muy, muy distinta, es descargar todas tus frustraciones, tu furia, tu ira y tu rencor de manera física y violenta por aquello que no es más que un juego, sólo eso.

Aún así, sigo queriendo a mi equipo, lo sigo llevando en el corazón, y cada vez lo siento un poquito más mío. Jueguen bien, jueguen mal o jueguen pésimo. Son parte de mi gentilicio, de mi hermosa y variopinta venezolaneidad.

Y es que en el Estadio me encuentro a mí misma, pero lo más importante es que ahí, en esas gradas, bajo ese cielo, me encuentro a mi país y a su hermosa gente. Y es una mágica sensación que me deja sin palabras, y que simplemente gozo… Y me la tomo con cerveza y la saboreo con chucherías, tequeñones y perros calientes.

Así que critiquen quienes quieran criticar, hablen todo lo que quieran hablar, jugamos mal, muy mal, lo sé… Pero yo sigo apoyando a mi equipo, y ahora, después de los recientes eventos, con más ganas cantaré:

ESO QUE DICE LA GENTE
QUE SOMOS BORRACHOS, VAGOS, DELINCUENTES,
NO LE PARO BOLA, YO SOY DEL CARACAS…
¡¡¡Y A TODOS LOS QUIERO!!!

P.S.:
No estoy muy segura de que mi Ne me siga acompañando a los juegos dado que anoche comprobó, como dice la canción, que la Barra Caraquista está efectivamente integrada por una cuerda de borrachos, vagos y delincuentes... Y que las esquirlas de los fuegos artificales estuvieron a punto, a puntiquititititito de partirle la cabeza y/o sacarle un ojo. Yo, por mi parte... Me gocé ambas situaciones hasta la muerte. Razón tiene en admitir en su último post que su vida será cómoda y tranquila... Hasta que yo (o alguno de mis inventos) ¡Lo mate! ;)

2 comentarios:

  1. te faltaron la putas esquirlas de los detonantes fuegos artificiales que efectivamente comprobamos que CAEN DEL CIELO PRENDIDAS Y CON HUMO!!!!!!... a alguien le sacarán un ojo... lo se!

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  2. Lamentablemente una muestra mas de la "desmedida, infame, vergonzosa e innecesaria violencia" que envualeve cualquier cosa que suceda en este pais, desde un concierto, pasando por un juego y en cualquier area de nuestra vida cotidiana, si bien en mi concepto la culpa de este mal tiene cargo, nombre y apellido claro y definido, la situación traspasa ya todos los niveles imaginables. Que depre el ver que un espactaculo deportivo que deberia unir a la gente termine en un dantesco espectaculo lleno de ira y delincuencia.
    El año pasado hubo partidos a puertas cerrada debido a esta misma situacion, quienes terminan perdiendo son los equipos y sus verdaderos fanaticos...

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